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miércoles, 3 de septiembre de 2014

CAMINO ANTIGUO HACIA VEGADEO/A VEIGA Y TRABADA (3): LA ROMÁNTICA Y DRAMÁTICA HISTORIA DE LA SEARILA: AMOR DEL CAMINO (CASTROPOL, ASTURIAS)

A Casúa o A Casoa, palacio de La Searila en Seares, visto desde el Camino (Castropol)

Los peregrinos que realizan la variante hacia Vegadeo/A Veiga y Trabada, antiguo camino que permitía remontar la Ría del Eo o de Ribadeo evitando cruzarla en embarcaciones expuestas a las fuertes corrientes y de caro pasaje, dejan atrás Vilarvedelle, pueblo de la parroquia de Seares o Siares, en Castropol, mientras admiramos idílicos paisajes del estuario, con la tierra gallega en la otra orilla.


Así pasamos las útimas casas de la parte alta del pueblo.


Y nos extasiamos con estas panorámicas bucólicas, viendo abajo la carretera N-640.



En este camino por las faldas de las colinas que caen a la ría vamos bajando unos metros al lado de un hito xacobeo.


Y una Cruz de Santiago, de las puestas en 1993, cuando comenzó la promoción intensa de los caminos a Santiago, obra del artesano Jesús Trabadelo González.


Estas indicaciones a nos señalan bajar de frente por la solitaria casa de A Cruz de Vilar, en un alto que domina el sur del estuario del Eo.


 Divisamos el estuario del Eo hasta la villa de A Veiga/ Vegadeo, cuyos puentes de la carretera y del ferrocarril divisamos perfectamente.


Antes de ellos también allí hubo servicio de barqueros, no en vano en el lado gallego está Porto (nombre también del puente de la carretera y dividido entre Porto de Arriba y Porto de Abaixo), reminiscencia del antiguo puerto de lanchas, muelles que antaño también tuvieron usos comerciales. Justo al sur las alturas del Monte de Parga, con los picos Caxigo y Folgueiral, nos advierten, en la collada que los separa, la ruta que sigue desde la villa veigueña hacia Abres.


Sigue el descenso...


Entramos en Vilar.


Vilar y Río Seares son dos lugares casi unidos que disponen su caserío cuesta abajo y muestran sus cabazos soberbiamente restaurados



Al fondo, una construcción en la ladera de enfrente ha de llamar nuestra atención.


Se trata de un soberbio pero arruinado palacio con capilla propia, dedicada a San Franciso, en medio de una finca campera abajo, que llevábamos viendo desde un tramo más atrás. Popularmente se la llama A Casúa o A Casoa y es solar de los Pérez de Castropol, construcción de 1765.


Seguimos cuesta abajo sin dejar de ver a lo lejos el palacio, centro de unos acontecimientos que parecen sacados de una historia propia del romanticismo, tantas veces trágico, que imperaba precisamente en los mismos años que ocurrieron esos suceso: la historia de La Searila.


Buena bajada.


Hermosísimo cabazo.



Vamos llegando al final del descenso.


Llegamos a la carretera local CP-3, giramos a la izquierda y casi acto seguido la abandonamos a la derecha pasando en dirección a Presa sobre el río Seares.


El camino a seguir...


Cauce, casi seco, del río Seares.


Subimos un poco.


Vistas de Río Seares y Vilar desde el Camino, según vamos subiendo y lo dejamos atrás.


La bajada por la que acabamos de pasar.


Adelante, un hermoso tejo. El teixo que cierra los muros de la gran finca de A Casoa o A Casúa es también otro hito emblemático de esta apasionante historia que contamos haciendo camino, árbol mágico símbolo de la vida, la muerte y la eternidad desde la más remota noche de los tiempos


Y es que ahora pasamos justo encima del palacio de A Casoa o A Casúa.


Allí nació, se enamoró y murió Rosa Pérez Castropol y Avella Fuertes, más conocida como La Searila e inmortalizada en un poema de amor que narra un suceso tan real como propio de la época del romanticismo que le tocó vivir. Rosa nació aquí el 14 de junio de 1814, hija de los señores de la casa, Pedro Pérez Manuel Castropol y Rafaela Abella. Con veinte años conocerá a Antonio Cuervo, magistrado de la veigueña localidad de Piantón, se dice que un día que ella estaba jugando con sus pies desnudos en un arroyo fue cuando se conocieron. Se entabló conversación y pronto se enamoraron en un romance imposible pues las familias de ambos estaban seriamente enfrentadas. Se veían a solas y a escondidas en cabañas y parajes recónditos, amoríos que culminaron en una boda secreta y bastante enigmática según la partida y documentación conservada, el día 8 de mayo de 1835.


Poco después Antonio Cuervo ha de partir pues fue nombrado gobernador civil de A Coruña, es entonces cuando además de la distancia física la provocada por el estallido de la guerra carlista dificultaron notablemente el contacto entre ambos, y Rosa, embarazada, falleció en el parto aquel otoño de 1836, angustiada sin duda por todo el cúmulo de circunstancias adversas de su situación, que agravaron su ya delicada salud (padecía tisis desde tiempo atrás), pues además todo el asunto de la boda salió a la luz pública a raíz de su embarazo y enfermedad. Antonio, enterado de la gravedad del problema cuando su mujer agonizaba, emprendió el galope, reventando varios caballos y atravesando incluso los campos de batalla, teatro de operaciones de los carlistas del general Gómez, logrando llegar pero únicamente para visitar la tumba. Es entonces cuando enloquece, abre el sepulcro y se abraza al cadaver, cortando un mechón de los cabellos y llevándose una rosa de la ofrenda floral. Retiróse luego al solar familiar, donde se encierra tras abandonar todos sus cargos.


 Durante varias noches ronda el cementerio, luego atempera sus ánimos y escribe el famoso poema a su amada del que esto son unos retazos:

De la vida en el último aliento/ tu tristísima voz me llamaba. ¡Desdichado de mí! ¿Dónde estaba, que a tu angustia no pude acudir?/ Por los campos buscando tu huella/ yo corrí con frenético empeño,/ y hoy, perdido, paréceme un sueño/ ¡Ay, Searila, que viva sin tí! Mustia ahora la frente doblada, sobre el pie de la lápida fría,/ yo te espero, ¡oh mortal agonía!,/ como el ángel que mira por mí/ yo te llamo, el momento se acerca/ que en el cielo, felices y amantes, nuestras almas se junten como antes, ¡ay Searila, pues muero por tí!.
 

Del parto nació una niña, Claudia María, pero como si la tragedia no cesase murió justo un día antes de su primer cumpleaños, el 29 de octubre de 1837. Antonio Cuervo no se volvió a casar y se mostró públicamente de luto  hasta que falleció el 2 de abril de 1890. Dispuso se le enterrase con su capa negra y años más tarde, al abrise sus restos, aparecieron en ella el mechón y la rosa que había sacado de la tumba de La Searila.


No cesó del todo el halo dramático del suceso ni cien años después, pues cuando escritores asturgalaicos quisieron rendir homenaje en el centenario de la Searila el acto hubo de suspenderse al estallar la guerra civil, habiendo de esperarse hasta 1955 para celebrar tan sentido y emotivo reconocimiento.


Por ello, si a la belleza de este paisaje unimos la percepción de estar caminando por los mismos vericuetos que protagonizaron los encuentros de tan intensos y secretos amantes, nuestra sensación de andar por un lugar tan mágico y especial se incrementa notablemente, emocionando nuestros sentimientos peregrinos a cada paso que damos


Y echamos un último vistazo, a manera de despedida de estos lugares que encierran tan bonitas historias.


A nuestra derecha se extienden más prados de pasto en bajada hacia la ría, con las junqueras y esteros de O Fondón y A Xunqueira en la orilla gallega ocupando buena parte del estuario. Arriba están los pueblos de Vilausende, A Curuxeira, O Río da Veiga y Porto de Arriba, con los montes de Os Castros



Llegamos así al lugar de A Casía.



Asturias y Galicia se funden en un abrazo de agua, ría y mar ante nosotros.


Pasamos entre las casas de A Casía.


Luego en El Marco las casas se disponen a los lados del Camino, como miradores y atalayas sobre tan magna desembocadura.


La carretera, abajo.


Más casas.


A la derecha...


A la izquierda...


La ría, al sur.


La ría, al norte.


El Marco...



Vemos ya perfectamente desde aquí el puente de Porto, el de la carretera, y poco más allá el del ferrocarril. Aquí antaño los barqueiros cruzaban la ría. Nosotros lo haremos también pero unos kilómetros más al sur, en Abres, pasando allí a Galicia.


A la derecha de los puentes, en tierra gallega, es el pueblo de Porto de Abaixo.


A la izquierda, en la parte asturiana, As Valías. Bajo nosotros naves industriales a la entrada de A Veiga/Vegadeo pero aún en términos de Castropol.


Llegamos a Presa.


Presa, aldea famosa antiguamente por sus telares y donde en el tejado de Casa Prim hay una hornacina con crucifijo de piedra del año 1861.


La ría desde Presa.



 El Pensu, junqueras y marismas.


Arquitectura rural.


Allí, filas de viviendas se disponen al lado de la ruta, bajo el Chao da Pruida, El Pico Cabaleiros y El Pico de Rubióu, realizando la carretera local una fuerte curva ante las casas de El Río.


El camino es muy llano y agradable de andar.


El Río.


El Río, penetrando en más bosquete a la altura de una bella fuente con cruz de Santiago, coincidiendo en este tramo nuestro andar con el de las rutas senderistas de las que veremos bastantes indicadores.


La Cruz y el Camino de Santiago.


Otro par de casas en El Bosque.


Otra hermosa visual de la desembocadura, al norte...


La carretera, siempre abajo.


Las señales nos orientan.


Vamos a entrar ya en el concejo de Vegadeo/ A Veiga, por las casas de Mareo y A Pruida, bajando inmediatamente a la villa capital concejil, cuyos edificios se extienden ya ante nosotros, a lo largo de la ribera asturiana del Eo y hacia la vega formada por los ríos Suarón y Monjardín en su desembocadura, donde se asienta la población, que fue ganando espacio a los cursos fluviales desde el siglo XIX.










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