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sábado, 19 de junio de 2021

LA RIBEIRONA: LA PLAYA Y EL ANTIGUO PUERTO BALLENERO DE CADAVEDO/CADAVÉU (ASTURIAS)

La Ribeirona y La Punta de Cuernu. Arriba La Garita y La Regalina

Especialmente bella y accesible es esta playa del concejo asturiano de Valdés, La Ribeirona, en Cadavedo o Cadavéu, muy cercana al paso del Camino Norte (opción por Las Ballotas) y que recomendamos visitar, especialmente si pasamos en verano y nos apetece un descanso y darnos un chapuzón, ya que en esa época cuenta con salvamentos y otros servicios playeros, bien resguardada por La Punta de Cuerno, donde está La Regalina, campo de grandes romerías, y unos 400 metros de extensión en una preciosa forma de concha y una óptima calidad de sus aguas. El lugar tiene además su historia pues fue puerto ballenero y aún se conservan algunos detalles de ese pasado

El Camino pasa por las inmediaciones de La Ribeirona

Como hemos dicho, el camino pasa no por la misma playa pero sí muy cerca: ha entrado en el concejo de Valdés por Tablizu y en la parroquia de Cadavéu por Ribón, bajando por Los Carbayinos al valle del río Frieras en La Figal, a medio kilómetro escaso de La Ribeirona


Cruzando el pequeño valle de este a oeste, llegamos a un cruce, el camino sigue de frente y empieza a subir hacia el barrio cadavedano de Los Campos, pero si deseamos primero ir a La Ribeirona tomaremos el camino de la derecha


Este camino, asfaltado, comunica el lugar de Frieras, en la carretera N-632, con La Ribeirona. No es su acceso principal, que veremos más adelante, pero sí puede tener algo de tráfico en época estival


El río Frieras pasa a nuestro lado, vamos paralelos a él, en dirección norte, pues desemboca en La Ribeirona, si bien no podemos verlo oculto por la vegetación ribereña, que revela su curso. En esta vega recibe las aguas de un afluente, el Retuerto


A nuestra derecha vemos el camino por el que hemos pasado viniendo de La Figal luego de bajar desde Los Carbayinos


Allí está el puente sobre el río, también bastante oculto y sombrío en este lado norte, pero si nos fijamos, su estructura delata ser muy antiguo


Es plano, hecho todo él de piedra y con un solo ojo de arco de medio punto. Testimonio del paso del antiguo Camín Real de la Costa. Nos recuerda al que vimos en el camino de Santa Marina a Ballota, en este mismo Camín de Las Ballotas


Como en la mayor parte de la cornisa cantábrica las plantaciones de eucaliptos y pinos para la industria papelera dominan el paisaje costero


Se trata de especies de crecimiento rápido y algunos ejemplares se hacen realmente grandes en no muchos años


También hay árboles y arbustos autóctonos, sobre todo en la ladera de la derecha, que cae sobre el valle, Dan un delicioso frescor, y algunos tramos de sombra, en este camino a la playa


Entre ellos, algunos castaños, árbol que puede decirse fue estratégico por las hambres que mitigó durante siglos, pues su fruto caído al suelo era de quien lo recogiese, según el Derecho de Poznera, contemplado en el Derecho Consetudinario. Por eso se plantaron tiempo ha tantísimos en los caminos


El valle, muy boscoso en las laderas y en la ribera, se estrecha un poco cuando ya vemos las señales de acceso a La Ribeirona


Aquí nos unimos con la llamada Carretera de la Playa (VA-3), que viene a ser el principal acceso  a La Ribeirona, pues comunica directamente con el pueblo de Cadavéu por Los Campos, enlazando con la N-632 en El Curión, donde está el antiguo Casino, lugar de encuentro que también recomendamos visitar. Al regresar podemos subir por ella, si bien puede tener bastante tráfico en verano y hace unas cuantas curvas cerradas entre eucaliptos que tapan cualquier vista interesante, por lo que tal vez sea mejor retomar el camino en el cruce anterior, donde lo hemos dejado


Estas señales nos advierten que entramos en la zona de la playa, donde hay varias explanadas de aparcamientos


Y este es el puente sobre el río Frieras. Mucha atención pues el paso es estrecho si nos cruzamos con algún vehículo


Según cruzamos veremos a la derecha el río y uno de los antiguos molinos, Los Molinos d'Isidro, que molían con la fuerza motriz de sus aguas. Este ha visto rehabilitado su edificio para bar de playa, El Molín de Mar


La playa no la vemos prácticamente hasta llegar a ella, si bien empezamos a divisar, ya muy cerca, el azul del mar


Vista también del río a nuestra izquierda desde el puente. Nace muy cerca de aquí, de varias fuentes y regatos que nacen en las faldas de las sierras costeras (Picu la Bobia, Sierra de Las Palancas)


El hidrónimo, que ha dado lugar a muchos topónimos y a apellidos, está vinculado al latín frigidarius, normalmente relativo al frío y en concreto a las aguas frías. Forma un hermoso valle del que solo hemos visto el final, donde se estrecha antes del mar. Si subimos por el camino desde el cruce lo llegaremos a ver un poco mejor


Pasado el puente dejamos a la derecha la terraza del bar del molino y continuamos de frente


Antes de la playa los aparcamientos, a la izquierda y a la derecha, por lo que nosotros tomamos el camino del medio


A partir de aquí no se permite el paso de vehículos y el suelo está adoquinado, bajando levemente. En los aparcamientos de la derecha están los servicios


El río forma un pequeño barranco, de cierta profundidad, a nuestra izquierda


Aquí asoma el tejado de otro de los Molinos d'Isidro, que ha sido restaurado. La vegetación fluvial y marina crece por estas riberas


Seguimos descendiendo suavemente y empezamos a ver la desembocadura del Frieras


Este es el puente que comunica ambos sectores de la playa, al norte y al sur

Y esta es la entrada al molino, que ha sido restaurado. Es grande y debió de ser importante a tenor de su tamaño, con planta alta y cubierta a cuatro aguas, de pizarra, que cubre su planta rectangular

Y esta es una foto del molino con el río desde un poco más abajo...


Ya vemos asomar al norte, a nuestra izquierda, La Punta de Cuerno, que cierra la playa por este lado, haciendo de ella una ensenada relativamente segura, por lo que no es extraño que hubiese puerto en la antigüedad, fondeadero natural de pescadores y balleneros. Aún a veces puede verse alguna barca de bajura, chalanos o similares


El topónimo cuernu y derivados es muy abundante, y sobre todo en cabos y puntas marinas, se repite constantemente en las costas, pero también en las montañas y otras elevaciones o prominencias. No olvidemos que incluso da nombre a Cornualles o Kernow, el cuerno córnico, otro de los finisterres atlánticos


Justo encima del puente hay una gran explanada enlosada sobre la playa, que da acceso a sus dos vertientes


Por escoger primeramente una, vamos hacia la izquierda, dando vista al cuerno y sus acantilados, donde se aprecian fanas o argayos, corrimientos o desprendimientos de tierras, como el de La Garita o La Regalina, que obligó a retirar un emblemático hórreo allí arriba situado, que era una de las más conocidas estampas de Cadavéu


Según leemos en el Diccionario Geográfico de Asturias estos acantilados son de un roquedo muy variado, sobresalen las cuarcitas y pizarras pero también hay afloramientos de caliza y rocas ígneas. Los materiales de la playa son arenosos, pero abundan los cantos rodados y afloramientos rocosos


Bajamos esta pequeña rampa hacia la playa. A nuestra izquierda una pista sigue más allá, donde hay un chiringuito veraniego


Esta es una foto de principios de la primavera, cuando acude más bien poca gente y el agua está aún bastante fría para el baño


Este es el argayu de diciembre de 2020 y su profunda cicatriz en la ladera. Arriba El Campu la Regalina o de La Garita, llamado así por una antigua garita de vigilancia del viejo puerto, atalaya del mar


Y ahí está la capilla de La Regalina, diminutivo cariñoso de la patrona de Cadavéu, la Virgen de la Riégala (de la Regla), de gran devoción romera, pero cuya romería había decaído en favor de las de la Asunción y la del Carmen. En 1931 el famoso sacerdote cadavedano, el políglota e intelectual, además de genial escritor Fernán Coronas, El Padre Galo, la recuperó, y empezó a celebrarse en este lugar, haciendo de ella una fiesta multitudinaria hasta nuestros días


A raíz de ello se construyó la ermita, albergando la imagen de la santa y el campo empezó a ser más conocido como La Regalina, que como La Garita. Más antiguamente se sabe existió, sobre el "promontorio que defendía La Ribeirona" una capilla dedicada a Santa Eufemia


La Ribeirona es un aumentativo de ribeira. Ribeira y ribera es tradicionalmente cómo se llaman, con diptongo decreciente ei o no, a las playas en estas costas de Entrecabos, esto es, entre Cabo Busto y Cabo Vidío


Esta es una foto de principios de verano, con más gente en La Ribeirona: vemos que el arenal o sable es la parte más cercana al agua, que es cubierta en las pleamares, mientras que la más cercana a tierra es el pedrero, pedral o xorragal, llena de cantos, que llegan a tapar la desembocadura del río: en ellos se filtran las aguas del Frieras para llegar al mar


Sin ser una piscina, la ensenada de La Ribeirona es muy segura para el baño y, a diferencia de otras playas, o mejor dicho riberas, de este sector, muy aptas para dar unas brazadas, dado que tiene pocos afloramientos rocosos. Se practican también otros deportes náuticos


Vamos a fijarnos ahora en el otro lado de la playa, el derecho, también guardado por altos acantilados, si bien no tan adentrados en el mar como La Punta de Cuerno: es L'Óligo o El Óligo de La Ribeirona, para distinguirlo de otros topónimos similares, de discutido origen. Hay quien lo relaciona con olas o lugar donde choca la ola, como oleiros. Otra posibilidad es el que provenga del nombre de un ave marina, el oliu o garza real, o el oliancu, ave de rapiña, cuya raíz es además el latín oram (borde u orilla), que también ofrecería una buena explicación, como oricum (de la orilla o ribera)


En Toponimia Asturiana. El porqué de los nombres de nuestros pueblos, García Arias prefiere interpretarlo como derivado de olidum, que huele mal, tal vez en este caso como lugar de algas de arribazón u ouca


Menos complicada es saber la razón del nombre del peñón, penéu o islote enfrente de la punta: Los Cuervos, sito entre esta playa y la de Ribón


El topónimo se repite por toda la geografía, marina y del interior, se trata realmente de un conjunto de islotes del que este es el más grande. Se practica pesca deportiva y en su base suelen recogerse oricios, erizos de mar, naturalmente con la correspondiente licencia


Más a lo lejos veremos asomar La Punta Esquión, que conocimos al acercarnos a la Playa Ricabu antes de pasar El Puente que Tiembla


Y en la distancia la larga línea acantilada del Cabo Vidío o Cabu Vidíu, el extremo oriental de Entrecabos, cantiles de hasta 100 metros de altura sobre las aguas y su célebre islote, El Chouzano


Y este era el puerto ballenero de Cadavéu, Vallenerán,  y fondeadero de amarre de la flota. Leemos en la Gran Enciclopedia Asturiana, voz Ballena (tomo 2):
"Hay un camino, hoy inservible por abandonado, que parte de la misma playa, y eso conocido por el camino de las ballenas. En un hórreo del próximo pueblo, Tablizo, existía un hueso grande de ballena. llevado a Luarca no hace mucho tiempo por persona interesada"

Nos hemos de desplazar al otro lado de la playa para conocer algún vestigio más constatable de aquellos tiempos. En el muy interesante blog Mitología Asturiana encontramos esta historia sobre Puertos balleneros asturianos: 
"El mes de marzo del año 1232 se constata la primera cita documental a la caza de ballenas en Asturias en el puerto de “Entrelusa”, (pequeña cala situada en la costa de Carreño, al abrigo del islote de Entrellusa, en el término actual de la Ciudad Residencial de Perlora). En la Carta Puebla otorgada en 1270 a los hombre de la Tierra de Valdés se menciona expresamente el “Puerto de Vallenación”, término que parece tener una clara referencia con la práctica ballenera en las cercanías de la villa y el puerto de Luarca. De finales del siglo XIII, año de 1291, es un documento que confirma la existencia de dicha actividad en el litoral oriental asturiano, en el que figura la renta anual que se satisfacía a los monarcas castellanos sobre la “ballenación de Turnada” topónimo que se identifica con la actual playa de Toranda, situada entre el cabu Prietu y la embocadura de la pequeña ría de Niembro (Barro, Llanes). 
Otros dos testimonios documentales pertenecientes a la colección diplomática del monasterio de San Vicente de Oviedo reseñan los repartimientos de los beneficios obtenidos con la actividad ballenera en dos pequeños enclaves costeros de la zona central asturiana que estaban bajo el dominio de ese importante centro monástico. Se trata del pequeño puerto d´Estazones (Villaviciosa), año 1294, y del lugar de Antromero (Bocines,Gozón), fechado en 1331. A partir de las primeras décadas del siglo XVI las fuentes documentales aportan abundantes referencias sobre las actividades balleneras en nuestras costas, y durante la centuria siguiente comienzan a escasear sus capturas, lo que determinaría su abandono definitivo en los primeros años del siglo XVIII. En estos documentos aparecen mencionados la mayoría de los actuales puertos pesqueros asturianos en donde se practicó esta actividad. Así, de oriente a occidente figuran los de Llanes, Ribadesella, Lastres, Gijón, Candás, Luanco, Cudillero, San Pedro (Bocamar), Luarca, Puerto de Vega, Viavélez, y Tapia de Casariego, aunque es bastante probable que también se realizase en otros puntos del litoral, algunos ya conocidos anteriormente como Tazones y otros que aún conservan vestigios y recuerdos de su pasado ballenero: Cadavedo, Ortiguera... Durante el mismo periodo adquieren un destacado protagonismo los pescadores y balleneros vascos, principalmente guipuzcoanos, que al tenor de la documentación conocida monopolizarían casi en exclusiva la caza y comercialización de las ballenas a lo largo de toda la costa cantábrica. 
Esta actividad estaba totalmente organizada y ocupaba a un buen número de personas altamente especializadas, por lo que existía un tipo determinado de asociación o concierto denominado compañía, de características muy similares en todo el Cantábrico. En un principio tan sólo participaban en ella empresarios, armadores y los propios pescadores, pero con el paso del tiempo las compañías pasaron a ser controladas por las poderosas cofradías y gremios del mar establecidos en cada puerto. En ellas quedaba fijada la contratación para realizar la caza de ballenas por temporadas o costeras concretas, la organización de dicha pesca y la regulación de las condiciones económicas de todos los que participaban en ella. La compañía también cubría el servicio de vigilancia y localización de las ballenas, que se realizaba desde pequeñas torres ubicadas en lugares y promontorios estratégicos con amplia visión de la costa, denominadas genéricamente atalayas. Esta misión estaba encomendada a los talayeros, que se encargaban de otear el horizonte marino y avisar de la presencia de ballenas mediante humaredas y otras señales. 
La costera de ballenas en Asturias se desarrollaba durante la época invernal, fundamentalmente entre los meses de noviembre y febrero. Avistada la ballena, y tras la señal convenida, salían del puerto en varias embarcaciones provistas de los instrumentos y útiles necesarios para proceder a su captura y muerte, tales como arpones, estachas, lanzas y sangraderas, que en el argot ballenero formaban la parte del “armazón”. Estas lanchas, denominadas según las épocas pinazas, chalupas, esquifes... estaban tripuladas por entre seis y ocho hombres que manejaban los remos e intentaban aproximarse lo más posible al cetáceo. Entonces entraba en escena la figura del arponero, sin duda el más importante de todos los que participaban en el lance, pues de su destreza dependía en gran medida el éxito de la empresa. Éste, desde la proa de la embarcación, lanzaba su largo arpón de hierro con el que hería al animal. Tras este primer arponazo, la ballena quedaba unida a la lancha por medio de una larga estacha o cuerda de cáñamo ensartada al arpón, entonces muy enfurecida, intentaba escapar sumergiéndose bajo el agua, pero cuando volvía salir a la superficie desde el resto de las embarcaciones le clavaban más arpones para debilitarla, sobre todo las denominadas sangraderas, produciéndose grandes heridas hasta lograr desangrarla y matarla. 
El final de la captura 
Muerta la ballena, era remolcada hasta el puerto de origen, en donde se remataba en pública subasta ante la presencia del escribano y de los representantes de las instituciones que participaban en el reparto, que estaba convenido de antemano según las costumbres de cada puerto. Así en la mayoría de los puertos asturianos una parte era para el arrendador del puerto y de la actividad, generalmente el Ayuntamiento respectivo, aunque en otras ocasiones eran las jurisdicciones señoriales quienes ejercían estos privilegios. Otra parte sustancial solía ser para la Iglesia, bien para la fábrica parroquial, el cabildo catedralicio o para el sostenimiento de algunas cofradías religiosas vinculadas a la marinería local. Para la parte más importante la llevaban los arrendatarios o empresarios que explotaban su captura y posterior comercialización (en la mayoría de los contratos conocidos se trataba de comerciantes y armadores de procedencia guipuzcoana). Éstos eran los que repartían, mediante quiñones con los miembros de las compañías participantes en el lance, las cantidades asignadas con anterioridad. Entre estos últimos gozaban de privilegios los tripulantes de la primera chalupa que había logrado herir al cetáceo y en especial el primer freidor o arponero, que recibía además de su sueldo una aleta de la ballena capturada y tenía la potestad de designar las lanchas que ayudarían en las posteriores tareas, con lo cual también participaban en el reparto de beneficios, al igual que los pescadores ancianos y enfermos y las viudas de los que con anterioridad habían tomado parte en las capturas"

Y Jesús Fernández López en Amigos de la Historia de Tapia publica en  La caza de la ballena en el occidente de Asturias:
"El primer documento escrito del que tenemos constancia referente a la caza de este cetáceo data del año 1231. Este escrito consiste en un contrato de arrendamiento de una playa cercana a Avilés para una costera de la ballena 
Sin duda esta arriesgada actividad, que se desarrolló entre los siglos XIII y XVIII en estas costas, fue una importante fuente de riquezas que cobró un papel dentro de la sociedad coetánea"

Lo  que primero nos llama la atención es esta construcción, que casi oculta en la umbría y vegetación, podemos pasar de largo

No hemos encontrado referencias de su función, pero tal vez tenga que ver con los balleneros, que se sabe que, tras el despiece del animal en la misma ribera, se derretían en grandes calderas metálicas sus numerosos trozos de grasa para obtener el preciado saín, precisándose para la operación de unos hornos de leña llamados comúnmente la casa de las ballenas, según leemos en El Blog de Acebedo:

"Tras la subasta se procedía al despiece del cetáceo en la misma ribera y finalmente, en un pequeño cobertizo establecido en la mayoría de los puertos denominado casa de las ballenas, sobre hornos de leña, en grandes calderas metálicas, se iban derritiendo los numerosos trozos de grasa del animal hasta obtener el apreciado aceite o saín. Este aceite una vez derretido, se guardaba en barricas de madera y era transportado en su mayor parte hasta los puertos guipuzcoanos, desde donde se exportaba a varios países europeos. El saín, por su excelente calidad y abundancia, sería objeto de un intenso tráfico comercial durante varios siglos, pues desde los tiempos medievales era el combustible más utilizado para el alumbrado hasta la llegada del petróleo. De la ballena se aprovechaba prácticamente todo, además de su grasa una parte de la carne se preparaba en barricas de salmuera para el consumo humano, y junto con las barbas, muy apreciadas en la elaboración de material de corsetería, todo era comercializado por el comprador. Mientras que los restos óseos del cetáceo eran utilizados fundamentalmente en la confección de muebles y como elementos constructivos en las viviendas más modestas de los propios pescadores, así como en la elaboración de una variada gama de artículos. Por todo ello, no cabe duda de que la actividad ballenera constituiría una importantísima fuente de riqueza para los numerosos puertos asturianos que se beneficiaron de sus capturas"

Va a ser sólo unos pocos metros más allá donde encontremos un vestigio del puerto ballenero que también puede pasar desapercibido a falta de indicaciones sobre su historia

Elo aquí, es esta cuesta o rampa a la derecha, La Cuesta las Bachenas, o Bal.lenas, donde se arrastraba y despiezaba al animal. Seguimos leyendo de Jesús Fernández López el apartado La ballena franca: un codiciado tesoro...

"Una pieza fundamental para que las poblaciones costeras se dedicasen a la captura de este animal fue la presencia de la ballena franca en estas aguas. Esta, conocida también como la ballena de los vascos, se encontró prácticamente al borde de la extinción debido a su abusiva caza, siendo hoy una especie protegida.

Sus dimensiones oscilan entre los 14 y 18 metros, existiendo ejemplares que pueden alcanzar los 24 metros con un peso de 30 a 40 toneladas. Presenta una piel negra a excepción de las zonas del mentón y del vientre, donde suele ser blanca. Destaca por su mandíbula fuertemente curvada, sus pequeños ojos y una especie de callosidades  blancas en la cabeza. Su boca contiene unas 300 barbas que pueden llegar a los 3 metros.

Pero son cuatro las característica que hacen de ella una especie interesante para la caza. Suelen nadar en grupo y a poca profundidad, lo que las hace más visibles. Aguantan aproximadamente una hora bajo el agua y cuando salen a respirar sus fuertes chorros son fáciles de apreciar. Por último, a diferencia de otras especies, estas flotan una vez muertas, haciendo mucho más fácil su transporte a tierra"

Esta facilidad de transporte al flotar facilitaba su arrastre hacia estas rampas. El siguiente apartado de esta gran investigador lo dedica a Los inicios de su caza en nuestras costas:

"Como ya habíamos dicho, el primer documento escrito sobre la caza de la ballena datade la primera mitad del siglo XIII. En el occidente debemos situarnos a finales de ese mismo siglo para encontrarnos con las ordenanzas que el Gremio de la Mar de Valdés establecía para su caza. 
Es por esto que podemos situar el inicio de la caza de la ballena entorno al siglo XIII en la zona occidental. Sin embarco en los demás concejos, dentro del contexto Navia-Eo, la normalización de la caza mediante escritos es más tardía, apareciendo estos documentos a partir del siglo XVII. 
Otra cuestión que se nos plantea es la zona de la cual proviene esta actividad o cómo se genera. En Tapia de Casariego existe en documento en el que se recoge una reunión entre los vecinos del pueblo y los patrones de las embarcaciones balleneras de Orio. En Ortiguera nos encontramos con un contrato del XVII firmado entre la Casa de Mohías y balleneros Vascos. 
Por otro lado los balleneros vascos hacen referencia a sus travesías a Galicia, Asturias y Cantabria y según sus palabras ninguna de estas regiones eran conscientes del valor del cetáceo. Esto puede indicar una iniciativa vasca como iniciadores de esta actividad en las tres regiones. 
La posibilidad que se viene apuntando actualmente es que esta actividad fue traída a nuestras costas por los balleneros vascos, que vinieron en busca de este enorme animal a partir del siglo XIII. Su establecimiento en la costa occidental de manera sistemática parece llevarnos al siglo XVII, aunque no podemos descartar cacerías anteriores. El fin de esta actividad se produjo durante el siglo XVIII cuando la ballena franca comenzó a escasear en el cantábrico. Será a partir de este momento cuando los balleneros vascos opten por buscar el cetáceo en otros mares

No se tienen noticias fidedignas de cuando se empezó a cazar, que no a pescar, la ballena. Se supone que durante siglos sólo se aprovechaban, descarnándolas las que quedaban varadas en las costas, o incluso alguna que llegase en malas condiciones, o crías que se aproximasen demasiado, podrían ser cazadas, y por eso restos de ballenas aparecen incluso en poblados castreños

En algún momento dado se ideó una técnica para cazarlas, incluso grandes ejemplares, mar adentro. Dada su abundancia se divisaban desde tierra. Existen varias teorías sobre cómo y cuándo comenzó, y quienes fueron los primeros balleneros en el sentido actual del término, pero es en la Edad Media cuando aparecen profusamente documentados, destacando asentamientos de balleneros vizcaínos en numerosas poblaciones pesqueras del Cantábrico. En Crónicas de Fauna leemos algunas de aquellas primeras noticias dentro del epígrafe La caza de la ballena en España:

"El primer registro de la caza de la ballena en el litoral vasco data del año de 1059, cuando Bayona (hoy en el País Vasco Francés) obtiene el privilegio de vender productos de la ballena en su mercado. Otra mención temprana sobre esta actividad data de 1190, en Santoña (Cantabria). En el Cartulario de Santa María del Puerto se registra la petición de Ferrado Alonso, Señor del Puerto, a Durannio, Prior de Nájera, para que se atienda la solicitud de los clérigos del Puerto para recibir las primicias del pescado: 

“Yo, Durannio, prior de Nájera…compadeciéndome de la penuria de los pobres clérigos de Puerto (de Santoña), restituyo las primicias del pescado a todos los clérigos, excepto los de la ballena para que las posean por siempre con derecho hereditario” 
La primera cita de la caza de la ballena en Asturias aparece en marzo de 1232 en el puerto de Entrelusa (una cala situada en Carreño, protegida por la Isla de Entrellusa), y también se conservan documentos de 1294 para Estazones (Villaviciosa) y 1331 en Antromero (Bocines)" 

Además de una resguardada ensenada como esta, se precisaba de cercanos promontorios para otear el horizonte y divisar los antaño abundantes cetáceos, como podía ser el de La Garita. Volvemos al artículo de Jesús Fernández López dedicado a La caza del gigante:

"(I) En primer lugar, era necesario disponer de miradores con amplias vistas hacia el mar desde los cuales poder divisar la ballena, las llamadas atalayas. Hoy en día aún queda una herencia de estos miradores presente en la denominación de algunas calles, por ejemplo en Figueras, Tapia, Viavélez, y Puerto de Vega existe una calle de la Atalaya, por otro lado tenemos las puntas de la Atalaya en el Franco y en Luarca.

En estos miradores colocados estratégicamente se encontraban los atalayeros, los encargados de otear el mar en busca de los fuertes chorros de la ballena franca. Una vez avistada, los atalayeros se valían de dos herramientas para avisar a los balleneros; la torre ballenera y el cuerno. 
La torre ballenera era una estructura de forma variable dependiendo de la zona, pero que en todos los casos poseía una cavidad en la que poder hacer fuego. En esta cavidad se quemaba leña verde para alertar con el humo blanco resultante a los balleneros que se encontraban a la espera de salir a la caza. A parte de esta señal visual se valían del cuerno, que con su característico sonido también servía para avisar a los balleneros quelas ballenas estaban en la zona y era hora de salir a su caza. 
(II) Llegamos ahora a la segunda parte, la salida a la mar. Nada más ver la humareda blanca salir de la torre ballenera y oír el cuerno, el puerto se convertía en un organizado revuelo. Para comprender esto hay que tener en cuenta que la economía de todo un pueblo dependía de estos críticos y arriesgados momentos, como ejemplo tenemos a Tapia donde se dedicaba la mitad del año a la caza de la ballena. 
Los intrépidos marineros subían a bordo de sus embarcaciones. Estas estaban hechas de madera y se propulsaban a remo, su eslora era más o menos de 10 metros, poseían 2 metros de manga y 0,7 metros de puntal. Tenían capacidad para doce hombres; un arponero situado a proa y provisto de un arpón de aproximadamente un metro, hecho de hierro y con una punta giratoria, diez remeros y un patrón situado a popa encargado de gobernar la embarcación. 
Una vez que la embarcación ballenera, conocida como armaxa, estaba lista para zarpar empezaba una verdadera regata que tenía como meta la captura de la ballena franca. 
Este ambiente de competición y rivalidad es totalmente comprensible ya que la primera embarcación en clavar el arpón se quedaría con la mitad del cetáceo. De estas reñidas disputas por llegar el primero surge el deporte del remo en su modalidad de banco fijo(bateles, trainerillas y traineras). 
Mientras tanto todos aquellos que se quedaban en tierra, en general las mujeres, niños y ancianos, se situaban en los miradores para ver como se desarrollaba la jornada mientras rezaban por los balleneros que habían salido a la mar. Esto hace que las zonas próximas al mar se sacralicen construyéndose capillas en ellas. 
(III) Nos encontramos ahora frente a la parte más crítica y decisiva, todas las muertes que tenemos que lamentar se produjeron en este momento de la caza. 
La armaxa se acercaba a la ballena y cuando el arponero lo veía oportuno lanzaba su arpón contra el enorme animal. Este era un momento muy delicado y había que mantener la embarcación lo más alejada posible, pero siempre dentro del radio de acción del arpón, a veces la distancia no era la suficiente y los coletazos de la ballena destruían completamente la embarcación causando numerosas bajas en la tripulación. 
Tras los primeros coletazos la ballena rápidamente se sumergía. El arpón estaba amarrado a un cabo muy largo que estaba adujado abordo. Este se hacía pasar por un carretel y debido al fuerte rozamiento producido por la increíble fuerza que la ballena empleaba en su rápida y desesperada huida era necesario baldearlo constantemente con agua para evitar que el cabo y el propio carretel se rompiesen. 
Tras una espera de aproximadamente quince minutos el animal salía a flote ya muerto. Acto seguido se quitaban los arpones y se amarraba la ballena a todas las embarcaciones que habían acudido para remolcarla a la playa o al puerto donde posteriormente se procesaría. 
Los balleneros habían observado que la ballena franca tenía un fuerte vínculo familiar y aprovecharon esto para establecer un cierto orden a la hora de cazar. Primero se arponeaba a las ballenas más jóvenes, luego a sus madres y por último a las más veteranas. Esta selección a la hora de arponear no siempre era posible y hay que tener en cuenta que muchas veces solo interesaba cazar a la más vieja para obtener grasa" 

La siguiente fase y última era, aprovechando la pleamar, varar a la ballena en la playa o ribera, esperando luego la bajamar para despiezarla: 

"En primer lugar se desollaba para posteriormente extraer su grasa, a continuación se pasaba a seleccionar la carne para el consumo y también las barbas. Con todas las partes útiles a buen recaudo se limpiaban los huesos para enterrarlos con el fin de que luego pudiesen ser utilizados por los artesanos. 
(...) Es importante mencionar que la mitad de la ballena era para el que primero hubiese arponeado a la ballena, un diez por ciento para la Iglesia, otro pequeño porcentaje para la Casa de la Ballena, una especie de gremio de balleneros que existía en algunos puertos, y finalmente el resto se repartía entre los otros participantes de la cacería. 
Curiosamente se destinaba la mayor parte de la ballena a usos industriales, quedando solo un pequeño porcentaje destinado al consumo humano. La grasa se procesaba para obtener saín, una especie de aceite que se utilizaba para las lámparas, también se empleaba en cosmética y farmacia. Las barbas se utilizaban en corsetería y para fabricar escobas. Los huesos eran empleados por los artesanos para realizar objetos ornamentales y en ocasiones se utilizaban en la construcción de casas. El esperma era utilizado para realizar ungüentos. Las aletas, la carne del vientre y la lengua se destinaban para consumo humano, considerándose esta ultima como un verdadero manjar. Estas carnes se consumían bien en fresco o se salaban para conservarlas, esto último llevó a un importante desarrollo de las salinas. Como vemos la ballena era casi aprovechada en su totalidad.

La caza de la ballena produjo un cambio económico y de poblamiento y por lo tanto también social, , sigue diciendo Fernández López:

"Antes de la llegada de esta actividad la economía se basaba fundamentalmente en el cultivo de tierras que estaban en manos de unos pocos. Todos estos labradíos se concentraban en torno a las conocidas como casonas de campo, estableciéndose un sistema similar al de las villae romanas, exceptuando que los señores no poseían esclavos. Esto supone que se creen pequeñas aldeas cercanas a estos núcleos de explotación estando estos generalmente alejados de la mar.

En cuanto a las zonas costeras la situación era ciertamente diferente. Nos encontramos con pequeños núcleos de población situados a la orilla de calas que vivían de la pesca y del laborío de pequeñas tierras.

Cuando llega a nuestras costas la actividad ballenera se produce una importante reestructuración. Los núcleos importantes se trasladan ahora del campo a los puertos y calas que con la llegada de los balleneros empiezan a cobrar importancia y tienen necesidad de trabajadores.

En este momento también se construyen multitud de casas en torno a puertos y calas configurando la actual estructura urbana de muchos pueblos marineros, estrechas calles, casas de piedra con anchos muro, varaderos para embarcaciones, mejoras en los puertos, plazas y rincones de reunión conocidos como mentideros…

Esta agrupación de un mayor número de personas en un mismo lugar lleva a un cambio en las relaciones culturales y personales entre los habitantes, convirtiéndose los puertos en importantes puntos de encuentro.

El rol domestico también se ve transformado, puesto que ahora el hombre pasaba más tiempo fuera del domicilio y la mujer comenzaba a tener cierto poder en el dominio y administración de la casa.

En cuanto a la situación económica de estas familias podemos suponer cierta mejora al disponer ahora de otro medio de subsistencia. A parte de las tierras que se seguían labrando también entraba alimento y dinero a la economía doméstica gracias a la caza de la ballena.

Destacan también dos industrias que produjeron más riqueza a la población, la de la las salinas y la de creación de aceite para lámparas a partir de la grasa de ballena. La primera cobró especial importancia debido a la creciente necesidad de conservar la carne del cetáceo, siendo el proceso de la salazón el más accesible y adecuado para la conservación de la carne. En las salinas se producía toda la sal necesaria para esta conservación. En cuanto a la producción de aceite para lámparas hay que mencionar la escasez de otros tipos de aceites para iluminación en la zona, siendo esta escasez el impulsor de esta nueva industria. 

Como vemos la llegada a nuestras costas de los balleneros vascos supuso un resurgir en la economía y trajo consigo numerosos cambios en la forma de vida. Pero también nos ha dejado una valiosa lección que no debemos olvidar; la explotación masiva y descontrolada de nuestros mares trae consigo tristes consecuencias como fue en este caso la drástica reducción del número de ballenas francas llegando casi a su extinción"


La rampa de arrastre y despiece de estos animales parece casi intacta en su muy bien excavada caja. En la actualidad es un acceso directo a la playa desde el aparcamiento, por lo que además de Cuesta es llamado Camín de Las Bal.lenas o Bachenas. En El Blog de Acevedo hallamos otra buena descripción de la actividad ballenera en las costas asturianas y en concreto valdesanas:
"En la Carta Puebla otorgada en 1270 a los hombre de la Tierra de Valdés se menciona expresamente el “Puerto de Vallenación”, término que parece tener una clara referencia con la práctica ballenera en las cercanías de la villa y el puerto de Luarca. algunos ya conocidos anteriormente como Tazones y otros que aún conservan vestigios y recuerdos de su pasado ballenero: Cadavedo, Ortiguera... Durante el mismo periodo adquieren un destacado protagonismo los pescadores y balleneros vascos, principalmente guipuzcoanos, que al tenor de la documentación conocida monopolizarían casi en exclusiva la caza y comercialización de las ballenas a lo largo de toda la costa cantábrica (...)
La practicaban por medio de varias lanchas bien prevenidas de arpones, fisgas y otros instrumentos y aparejos necesarios al efecto: establecían vigías a lo largo de la costa como en el circuito de dos leguas que, acechando la llegada de estos cetáceos la indicaban con humaredas haciéndose a la mar en busca de la presa, la cual herida, desangrada y muerta era remolcada a la playa a donde estaba la casa destinada para el beneficio de la grasa. Esta actividad estaba totalmente organizada y ocupaba a un buen número de personas altamente especializadas, por lo que existía un tipo determinado de asociación o concierto denominado compañía, de características muy similares en todo el Cantábrico. En un principio tan sólo participaban en ella empresarios, armadores y los propios pescadores, pero con el paso del tiempo las compañías pasaron a ser controladas por las poderosas cofradías y gremios del mar establecidos en cada puerto. En ellas quedaba fijada la contratación para realizar la caza de ballenas por temporadas o costeras concretas, la organización de dicha pesca y la regulación de las condiciones económicas de todos los que participaban en ella. La compañía también cubría el servicio de vigilancia y localización de las ballenas, que se realizaba desde pequeñas torres ubicadas en lugares y promontorios estratégicos con amplia visión de la costa, denominadas genéricamente atalayas. Esta misión estaba encomendada a los talayeros, que se encargaban de otear el horizonte marino y avisar de la presencia de ballenas mediante humaredas y otras señales. 
La costera de ballenas en Asturias se desarrollaba durante la época invernal, fundamentalmente entre los meses de noviembre y febrero. Avistada la ballena, y tras la señal convenida, salían del puerto en varias embarcaciones provistas de los instrumentos y útiles necesarios para proceder a su captura y muerte, tales como arpones, estachas, lanzas y sangraderas, que en el argot ballenero formaban la parte del “armazón”. Estas lanchas, denominadas según las épocas pinazas, chalupas, esquifes... estaban tripuladas por entre seis y ocho hombres que manejaban los remos e intentaban aproximarse lo más posible al cetáceo. Entonces entraba en escena la figura del arponero, sin duda el más importante de todos los que participaban en el lance, pues de su destreza dependía en gran medida el éxito de la empresa. Éste, desde la proa de la embarcación, lanzaba su largo arpón de hierro con el que hería al animal. Tras este primer arponazo, la ballena quedaba unida a la lancha por medio de una larga estacha o cuerda de cáñamo ensartada al arpón, entonces muy enfurecida, intentaba escapar sumergiéndose bajo el agua, pero cuando volvía salir a la superficie desde el resto de las embarcaciones le clavaban más arpones para debilitarla, sobre todo las denominadas sangraderas, produciéndose grandes heridas hasta lograr desangrarla y matarla. 
Muerta la ballena, era remolcada hasta el puerto de origen, en donde se remataba en pública subasta ante la presencia del escribano y de los representantes de las instituciones que participaban en el reparto, que estaba convenido de antemano según las costumbres de cada puerto. Así en la mayoría de los puertos asturianos una parte era para el arrendador del puerto y de la actividad, generalmente el Ayuntamiento respectivo, aunque en otras ocasiones eran las jurisdicciones señoriales quienes ejercían estos privilegios. Otra parte sustancial solía ser para la Iglesia, bien para la fábrica parroquial, el cabildo catedralicio o para el sostenimiento de algunas cofradías religiosas vinculadas a la marinería local. Para la parte más importante la llevaban los arrendatarios o empresarios que explotaban su captura y posterior comercialización (en la mayoría de los contratos conocidos se trataba de comerciantes y armadores de procedencia guipuzcoana). Éstos eran los que repartían, mediante quiñones con los miembros de las compañías participantes en el lance, las cantidades asignadas con anterioridad. Entre estos últimos gozaban de privilegios los tripulantes de la primera chalupa que había logrado herir al cetáceo y en especial el primer freidor o arponero, que recibía además de su sueldo una aleta de la ballena capturada y tenía la potestad de designar las lanchas que ayudarían en las posteriores tareas, con lo cual también participaban en el reparto de beneficios, al igual que los pescadores ancianos y enfermos y las viudas de los que con anterioridad habían tomado parte en las capturas"

Terriblemente diezmados, los grandes cetáceos desaparecieron prácticamente de las costas cantábricas en el siglo XVIII, por lo que los balleneros cadavedanos tocaron a su fin, salvo aquellos que, ya en otros puertos, evolucionasen a la caza en alta mar, llegando a  Terranova. Esta situación ya se había empezado a dar en el siglo XV, llegando a sospecharse que incluso los marineros balleneros de esta cornisa hubiesen llegado a América algo antes de Colón siguiendo a estos animales


Cadavéu siguió siendo puerto pesquero, si bien ya de relevancia local, durante bastante tiempo, llegando a registrase casas con varias lanchas. Esta concha forma parte de su historia 


Y así, ya en la gran explanada del actual aparcamiento retomamos el camino que hemos dejado atrás para continuar nuestro periplo cadavedano por el Camino Norte de Santiago, subiendo hacia  Los Campos, El Curión y Las Corradas ...


































































 
















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