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sábado, 22 de octubre de 2022

PLAYA DE L'ATALAYA: EL "PECIO TURÍSTICO" DEL "NERETVA", EL CACHUCHU Y EL KRAKEN, EL "CALAMAR GIGANTE": POR CALLES Y PLAZAS DE ARQUITECTOS, PINTORES E INDIANOS (RIBADESELLA/RIBESEYA, ASTURIAS)

 

La Playa L'Atalaya

Si bien no en el mismo Camino, sí a muy escasos metros, La Playa L'Atalaya, al pie de los acantilados de este nombre, en El Monte Corberu, es una bella urbana riosellana, no tan grande y frecuentada como su famoso Arenal de Santa Marina, pero que merece la pena descubrir si en un corto desvío nos acercamos a ella desde el trayecto urbano del Camino Norte, que desde la iglesia de Santa María Magdalena se dirige a la ermita de Santa Ana, donde hasta 1865 que se hizo el primer puente enfrente de El Portiellu, se pasaba la ría del Sella en la barca que fue del Gremio de Mareantes

Cierto es que hoy en día y nada más entrar en el casco histórico de Ribadesella/Ribeseya por El Portiellu, ya podemos ir directamente al Puente del Sella, meta de la famosa Fiesta les Piragües (Descenso Internacional del Sella), y continuar camino por Santa Marina, pero es absolutamente recomendable recorrer esta bella población a través del que fue el trayecto de los peregrinos de antaño

Peregrinos que tuvieron su lugar aquí, en el desparecido Hospital de San Sebastián, fundado en 1486 y que posteriormente fue de San Roque, en la actual Plaza de la Iglesia, a la que llegamos desde El Portiellu por las calles Trasmarina, Oscura, del Infante, Plaza de la Reina María Cristina y calle López Muñiz, la que fue verdadera Calle Mayor de la puebla medieval, fundada hacia 1270 sobre un portus preexistente desde muy posiblemente, época prehistórica

Nada queda del hospital, extinguido a finales del siglo XVIII tras larga decadencia, tampoco de la antigua iglesia, que conservaba elementos románicos pues era contemporánea de la puebla medieval, ya rehecha enteramente y ligeramente desplazada en 1924, siendo nuevamente reconstruida tras la Guerra Civil. En la iglesia, con sus impresionantes murales, nos detenemos muy especialmente en el artículo a ella dedicada, así como al Hospital de San Sebastián/San Roque y al trayecto desde El Portiellu aquí. Nosotros ahora continuamos camino a su izquierda, por la calle Manuel Fernández Juncos


La Plaza la Iglesia era desde tiempo ha, como las calles del casco más antiguo, de origen medieval, el lugar de celebración del mercado semanal (los miércoles), concesión de la Corona a las nacientes pueblas bajomedievales por ellos fundadas y aforadas. A la izquierda, la Travesía de la Iglesia enlaza con el ensanche riosellano o Nueva Población, en terrenos ganados al estuario en 1855 según proyecto del arquitecto Darío de Regoyos Molenillo y en base a las obras del nuevo puerto, que fue comercial hasta bien entrado el siglo XX, las cuales habían comenzado, tras no pocos avatares, en 1784, prolongándose las obras en demasía, paralizadas en la invasión napoleónica y no culminadas hasta 1854


Más o menos por aquí, donde ahora está la peluquería de la Plaza la Iglesia y la tienda de comestibles y fruta de La Jardinera (de Gloria, madre de Ángel y Luis), comenzaba, hasta ese relleno de terrenos, la orilla del estuario, siendo el Camino por tanto, ribereño y portuario, puerto natural de origen muy posiblemente prehistórico dadas la representaciones de cetáceos en las cercanas cuevas de Tito Bustillo (La Cerezal, El Pozu'l Ramu...) y en hallazgo de asentamientos romanos y prerromanos en la población y su entorno más inmediato


Las calles del ensanche decimonónico, Marqueses de Argüelles, el Comercio y Gran Vía, se constituyeron en los nuevos grandes ejes comerciales y de comunicación, entre el puerto y al antiguo camino que es aquí la citada calle Manuel Fernández Juncos, así como entre ellos. Esto incluye a sus transversales, como es este de la Travesía de la Iglesia, donde antaño estuvo también la carnicería de Gregorio y ahora tiene fama la confitería-bombonería La Veguina, de Ángel Ampudia Vega y fundada por sus padres en 1937, en la que se elaboran, entre otras muchas especialidades, las famosas pastas Letizias de Ribadesella.


Antes aún estaba aquí ubicado, abarcando el inmueble entre la Plaza la Iglesia y la Gran Vía, el gran bazar fundado por los hermanos Blanco Junco, dos de los cuales, Salvador y Benigno, habían emigrado a Cuba en 1873, donde tras unos años de trabajo les tocó la lotería y regresaron a Asturias, donde pusieron en marcha una fábrica de sidra y emprendieron este negocio, con sus demás hermanos que aquí se habían quedado, María Teresa, Antonio, Ramón y José. En el articulo El sabor de los establecimientos comerciales de Ribadesella, publicado el 26-7-2013 en La Nueva España), el profesor Capín Rama habla de él:
"Desconocemos la fecha de inicio de un enorme bazar que los hermanos Blanco Junco abrieron en la calle Gran Vía, aunque en 1873 Salvador Blanco figura en la documentación como propietario de la tienda.

El establecimiento está dividido en dos secciones: en la parte anterior (calle Gran Vía) se venden telas de gran calidad, muebles, platería, artículos de regalo... y en la parte posterior (plaza de la Iglesia), artículos de ferretería. En ocasiones, los hermanos se desplazan a países europeos como Francia, Austria e Inglaterra para aprovisionarse de muchos de los productos que surten el bazar.

En el establecimiento trabajan varios empleados: Ramón García, que posteriormente abrirá una tienda de tejidos en la plaza María Cristina; Rodrigo Pérez, que más tarde montará una ferretería en la calle Comercio, y José Pérez Arce, apodado Pepín el de los Blancos, quien abrirá una papelería en la esquina entre la travesía de la Iglesia y la Gran Vía.

Poco después, ubicado junto al bazar, se crea el banco Blanco Hermanos, que mantendrá una frecuente relación comercial con banqueros y comerciantes de ultramar. En 1923 esta entidad financiera será vendida al Banco Gijonés de Crédito, y éste, más tarde, será absorbido por el actual Banco Español de Crédito.

La mayoría de los hermanos fue abandonando gradualmente los negocios; de modo que, al final, se crea una sociedad con el nombre de Blanco y Hermanos, constituida por Salvador, su hijo José María y su yerno, Eduardo Martínez Ricardo, casado con la hija de Salvador, María Concepción.

Del matrimonio entre María Concepción y Eduardo nacen Juan, Conchita, Eduardo, Julia, María, Covadonga y Pilar.

Por último, serán Covadonga y Julia quienes se queden a cargo del bazar, que será traspasado a Antonio Molledo Hevia, quien lo regentará hasta la década de los años ochenta.

Salvador Blanco Junco ostentó por un tiempo el cargo de alcalde de Ribadesella. En este periodo, se hicieron traídas de agua a la villa, se instaló la luz eléctrica y se realizó la primera red de alcantarillado"

De la calle a la izquierda, el ensanche, se estableció principalmente aquella nueva burguesía urbana, ejemplificada fundamentalmente en los indianos, muchos de los cuales tenían sus negocios también allí. A la derecha se había asentado, ya tiempo atrás, la nobleza rural terrateniente que dejando sus casonas de las aldeas prefería vivir aquí, cerca de donde se tomaban las decisiones de las juntas vecinales (antaño en la misma capilla del Hospital de San Roque), para influir en ellas de manera determinante


Pero antes de los palacios señoriales y de las viviendas burguesas de la calle, hallaremos, pegada a la iglesia la Casa Rectoral, donde está el busto de D. Eugenio Campandegui García, activo párroco de Ribadesella/Ribeseya entre 1993 y 2009


Nacido en Pimiango (Ribadedeva) en 1937, fue un gran estudioso del argot gremial de los artesanos locales, de la que escribió el libro La mansolea. Una Jerga gremial de los zapateros de Pimiango, publicado en 2008, pero su labor, no sólo cultural, ya había comenzado tiempo atrás. Destinado en Parres en 1993, organizó la construcción de las carreteras de Arobles, Llerandi y Cibidiellu a lavez que era profesor en el Instituto de Arriondas/Les Arriondes


En 1970 fue nombrado párroco de la parroquia avilesina de San Juan de Ávila y sería también profesor en el Instituto Menéndez Pidal y luego en el Colegio San Fernando. Fue capellán del club de fútbol Real Avilés, de la Sociedad Atlética Avilesina, del Lar Galego, del Centro Asturiano de La Habana y de la Asociación de Sordos. Muy vinculado socialmente con el Asilo de Ancianos, se le conoció también como El Cura del Mus, presidente durante 13 años del Campeonato Avilesino de Mus


Luego de 23 años en Avilés y a petición propia, llegó a esta parroquia, donde continuó su ingente labor, además de espiritual, muy comprometida con el día a día de la población. En el ámbito cultural promovió la restauración de la iglesia (incluyendo el órgano y el reloj de la torre) y fomentó el valor de sus impresionantes murales pictóricos delos hermanos Uría Aza, así como las de las históricas capillas de Santa Ana y La Guía (hacia las que nos dirigimos)


Fue capellán del Ribadesella C.F y tras su fallecimiento, el 26-12-2008, con 71 años, se le galardonó a título póstumo con el Premio Ribadedeva 2009 por su "humanidad, compromiso y dedicación", inaugurándose seguidamente en Pimiango un busto de bronce en su honor y posteriormente, el 4 de abril de 2010, este en Ribadesella/Ribeseya


El 27-12-2008, al día siguiente de su muerte, el párroco gijonés, D. Javier Gómez Cuesta, le dedica una hermosa semblanza en La Nueva España de la que extraemos parte de su biografía:
"Se llamaba «Eugenio», que significa «bien nacido» y, ¡tanto que lo fue!, porque nació el día 22 de diciembre, el tradicional de la lotería navideña. Fueron sólo 71 años. Pero fue una lotería, primero, para su madre, Ángeles, que todavía vive y para ella es la mayor pena. Le toca ser en verdad la madre dolorosa. Su padre murió muy joven, pescando en los pedreros arriscados de Pimiango. Desde entonces, madre e hijo único vivieron, en perfecta sintonía, el uno para el otro. Fue una lotería para los amigos que le conocimos y disfrutamos de su amistad y para las parroquias por las que pasó, Cocañín, Bezanes, San Juan de Ávila de Avilés, que él creó y en la que no pudo colmar su deseo de marchar habiendo construido el nuevo templo, pero dejó una viva comunidad, y ahora Ribadesella, donde se encontró como pez en la ría. Si de Jesús, el Señor, se dice en los «Hechos de los Apóstoles» que «pasó por el mundo haciendo el bien», de Campandegui se puede decir lo mismo, añadiendo al final de la frase «haciendo reír».

Se llamaba Eugenio. Fue un genio en todo aquello para lo que tenía cualidades. En las relaciones públicas, teniendo amigos en medio mundo; en el fútbol, de chaval seminarista jugando y driblando y, luego, organizando partidos o levantando clubes deportivos; en el arte, restaurando templos parroquiales; editando revistas y maquetándolas él mismo; cantando y dirigiendo coros; hablando y expresando en cuatro palabras lo que otros decimos en cuarenta; relatando anécdotas o inventando y contando chistes, haciendo reír al más soso del mundo; imitando a quien fuere o simulando hablar idiomas; organizando eventos o solemnidades? Fue capellán de los sordos, de los ancianos, con las Hermanitas, de equipos de fútbol, de jugadores de mus, juego en el que fue de lo más hábil por la mímica increíble que tenía, de la enseñanza, en el Colegio San Fernando, donde derrochó gracia, sembró evangelio y al que imprimió identidad y sello propio? Animador sin precio, lo mismo despertaba tradiciones perdidas que devolvía el humor al más atristayáu. Nada se le ponía por delante. Eso sí, en todo puso su toque sacerdotal. Todo en él era misión pastoral y evangelizadora. En esta actitud, no daba puntada sin hilo. Tuvo tantos éxitos en el mostrador de un bar cualquiera como otros en el confesionario. Fue un luchador nato y gozaba de una inteligencia innata para sumar colaboraciones al proyecto que emprendía. Ahí queda, como última de sus obras, la iglesia de Ribadesella, con la restauración de las pinturas, la colocación de la imagen del Sagrado Corazón y el pulimento de todo el interior que, nada más entrar, te dan ganas de rezar. Ahí también está expuesto ahora, en este tiempo de Navidad, el Nacimiento, obra artesana de su madre, hecha a ganchillo, que es una maravilla. Viéndole, se podía repetir aquello de que «la esencia se vende en frascos pequeños». Con un gracejo enorme decía que él era así, tan pequeño, porque no le llegó el plan de desarrollo, aquel de López Rodó.

Le conocí el día que se inauguró el retablo de la iglesia de mi pueblo de Panes. Lo bendijo aquel obispo, casi principesco, pero cariñoso y preocupado por los curas que fue don Javier Lauzurica. Exigió al párroco que tenía que cantar la «Escola del Seminario» diocesano, entonces uno de los mejores coros de Asturias. Luego nos vimos por los veranos. El venía en bicicleta con Paco Sevares y merendábamos a orillas del Cares. Concelebró en mi primera misa, recién restaurado este rito después del Concilio. Me acuerdo que su voz clara y entonada (pulmón le sobraba) sobresalía entre las de los demás y nos ayuda a no perder el tono. Fuimos colegas en Avilés, donde muchas noches, con Julián, el párroco de la Magdalena y Aurelio Noval, el de Versalles (los dos subieron al cielo jóvenes, como él), nos juntábamos a tomar un vasín con una tapa de pulpo. Al momento todos los «sedientos sociales» eran contertulios y Campandegui el director de orquesta. Nunca pasaba desapercibido. Quedó libre la parroquia de Ribadesella y le apeteció muchísimo. Puntos y méritos le sobraban. Me acuerdo el día que le di posesión canónica. Media hora antes, habíamos entrado en un bar cercano. Y sucedió en la realidad el chiste que contaba muchas veces. Se acercó el camarero y le preguntó. «¿Qué le pongo al señor?». Y le contestó con aquella gracia inigualable que tenía. «Al Señor una vela, a mí un vaso de vino». El camarero quedó desconcertado, hasta que rompió en carcajadas. En las reuniones pastorales era la enciclopedia de la risa y el buen rollo. Los últimos dos años fueron un calvario con las operaciones quirúrgicas que sufrió en ambas rodillas. No pudo recuperarse y acabó en silla de ruedas. No perdió el humor. Era él el que daba ánimos. Había días turbios, los menos, en que todos reconocíamos que muy mal o muchos dolores tenía que aguantar. Deja un estela de cariño y simpatía, de buen cura y humano, excelente amigo y compañero, de fe y amor a la Virgen de Covadonga, y de un gran párroco de esa villa marinera en la que supo hacerse «todo a todos», como un riosellano más"

Y así seguimos camino calle adelante viendo estos edificios del ensanche, este primero con jardín y palmera, sin duda marcando su impronta indiana. Los siguientes de galería acristalada, muy del gusto también de estos indianos, pues aunque no exclusiva de ellos sí la fomentaron, ya que su época dorada coincidió con la gran expansión de la industria del vidrio


Las galerías permitían integrar en cuanto a temperatura interior de la casa espacios normalmente abiertos, como los balcones y corredores. Cada número de portal solía ser de una familia, si bien en muchos casos luego se dividió. En el bajo, además de dichos portales, hay almacenes y comercios, a veces propios y a veces arrendados. También construyeron casas de vecindad. Asimismo y coincidiendo en el tiempo, surge la incipiente industria turística, al principio tímidamente y sólo reservada a las clases más pudientes, pero que pronto se habría de ir extendiendo a las demás clases sociales, llenándose la población de veraneantes, pues ya en 1925 se creó un Comité de Turismo Local


Relacionado también con el turismo está el antiguo teatro, cuya parte posterior reconocemos al fondo y pasaremos ahora mismo junto a ella: el Teatro Divino Argüelles, fue inaugurado en 1911 y su fachada principal mira a la Gran Vía. Fue sede de la S.A. Divino Argüelles y dependía de la colonia de veraneantes. Su primera función fue el 16 de julio con la zarzuela Las grandes fatiguitas, puesta en escena por la compañía del Sr. Morcillo


A la derecha, más o menos reformados, lucen sus blasones las que fueron casonas y palacios de las estirpes riosellanas, que antaño miraban directamente a su ría y antiguo puerto


Reformado seriamente en el siglo XIX y reconstruido a finales del siglo XX, cuando se le añadió el ático, es por ejemplo el Palacio de Junco, luego Casa de los González-Prieto y ahora sede de Correos. Con piso bajo y dos alturas, destacando sobre los demás palacios de la calle por su enorme fachada


Los Junco formarían parte de aquella antigua nobleza rural que, llegada a la villa capital del concejo, llegaría a copar todos sus puestos de representación. Tras su fundación como pola o puebla libre, la villa muy pronto hubo de pleitear contra las apetencias de la aristocracia feudal que deseaba hacerse con el control de su pujanza. 


Las luchas dinásticas que se sucedieron tras la muerte del monarca fundador, Alfonso X El Sabio, hicieron que la villa dejase de ser realenga y, abierta y sin murallas, pasase por sucesivos vasallajes de los poderosos señores como los Álvarez de las Asturias y condes de Noreña, y más tarde los Quiñones, a lo largo de la baja Edad Media, tal y como se explica en el Gran Atlas del Principado de Asturias:
"La reorganización administrativa que supuso la puebla riosellana (...) debió de propiciar un fortalecimiento de la autoridad concejil. Un cuarto de siglo después de la aproximada fundación de la capital administrativa, en 1295, Ribadesella envió representantes a la hermandad de los concejos de León y Galicia suscrita en las cortes celebradas en Valladolid. Sin embargo, poco después, la estructura social de la época y determinadas coyunturas políticas se aunaron en la pérdida de la autonomía municipal y en la caída del concejo en la dependencia señorial que daría lugar a un auténtico baile de la titularidad jurisdiccional"

Parecía que tras sacudirse del yugo de los Quiñones, despojados por Juan II, que aún pleiteaban por su posesión hasta muy entrada la centuria del 1500, Ribadesella/Ribeseya volvería definitivamente a su autonomía concejil, pero aquellos poderes fueron sustituidos por el de estas estirpes locales, los Junco, Ruiz de Junco, Ardines, Cutre, Prieto, Prieto-Cutre, Collado, Armiñán, etc., que...
"... acabarán por hacerse con el control absoluto de la corporación municipal que, de hecho, vuelve a perder su autonomía a través de una nueva fórmula de injerencia. En la primera mitad del siglo XVI las regidurías y oficios se patrimonializan y quedan monopolizadas por las principales casas de la comarca. Los vecinos no consiguieron su redención hasta 1673"

Los blasones solariegos barrocos de estas estirpes fueron reaprovechados en la nueva fachada del palacio en la que destaca este magnífico balcón central de fundición


El escudo de los Junco se identifica la torre feudal y bajomedieval de su linaje, oriundo de la cercana parroquia riosellana de Xuncu o Junco


Este otro de los dos lobos es el de la otra familia nobiliaria, los Prieto. Si bien a veces  estas linajudas estirpes solían estar enfrentadas, a la vez tejían alianzas, vía matrimonial, emparentándose


Con el tiempo, las familias originarias podían irse y desaparecer del lugar, pero sin embargo mantenerse su heráldica, como es este uno de tantísimos casos


Y, por ejemplo, a su izquierda, la Casa de Collado, donde nacieron el pintor Darío de Regoyos, hijo del autor del ensanche riosellano, el arquitecto Darío de Regoyos Molenillo, así como, casualidades de la vida, los hermanos Uría Aza, Bernardo, Antonio y Celestino, autores, entre toda su labor ingente, de las pinturas de la iglesia, a las que tanto hemos dedicado, así como a estos artistas, en la entrada de blog correspondiente al tramo riosellano autor a este, que culminaba con la visita a la iglesia


Por ello, habríamos de hablar, en primer lugar, del arquitecto Darío de Regoyos y Molenillo, nacido en la vallisoletana villa de Cabezón de Pisuerga, que vino a trabajar a Asturias como ayudante de Obras Públicas, en concreto en el trazado de ferrocarriles, participando además en Madrid en la urbanización de los barrios de Argüelles (donde se establecería su familia) y Pozas, pues llegó a ser diputado provincial. Estaba casado con la gijonesa Benita Valdés Sieres, miembro de la burguesía industrial de esa villa


Su hijo, el pintor, y también arquitecto, Darío de Regoyos Valdés, nació aquí y ya de niño se trasladó con su familia al barrio de Argüelles antes citado, pues su padre fue aceptado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde Darío, que se había iniciado en el dibujo con su progenitor, se matricularía tras la muerte de su padre, dando así comienzo a su excelsa y extensa carrera pictórica como introductor en España del impresionismo

La casa es alta y estrecha, con un largo balcón corrido a la altura del primer piso, perteneció a los Collado, familia de comerciantes y prestamistas

Su blasón solariego es tan monumental que hizo que fuese esta conocida también como Casa del Escudo


Es del siglo XVIII y en su profusa iconografía heráldica destacan los numerosos cañones


Seguidamente, magnífico edificio de tres plantas en la esquina de esta calle y la de Santa Marina, que al otro lado mira a la Gran Vía, muy cerca ya del antiguo Teatro Divino Argüelles, donde a los pocos meses de su inauguración también se realizaron proyecciones de cine al adquirir la empresa una máquina Pathé, que en 1926 pasó a ser una Gaumont, sustituida a su vez en 1935 por un aparato Orpheo Sincronik para cine sonoro


En julio de 1936 cerró sus puertas al estallar la Guerra Civil, pero reabrió en noviembre, tanto para películas comerciales como de propaganda. En 1954 fue reformado para ser exclusivamente sala de proyecciones y pasó a denominarse Cine Teatro Argüelles, proyectándose películas en cinemascope con una nueva máquina Ossa, a la que sucedió una Seydicon alemana. Estaba a su cargo el operador Ramón Capín Alonso, El Nene, el único que hubo en la villa


Padeció incendio en 1979, por lo que hubo de ser reconstruido. Su última película se proyectó el 24 de noviembre de 2002, Insomnio, de Cristopher Nolan, luego fue clausurado. Su nombre es un homenaje a Agustín Argüelles, diputado riosellano de las cortes de Cádiz y padre de la Constitución de 1812, llamado El Divino por su oratoria. Ya cerrada la sala, el 5-3-2013, la corresponsal de La Nueva España Patricia Martínez recordaba algunos de sus primeros episodios con Ribadesella abre de nuevo el telón:
"Los primeros tres cuartos del siglo XX fueron en Ribadesella años de música y tablas. En el teatro Divino Argüelles se podía ver zarzuela, un género que volverá a sonar, 70 años después, en los cuartos encuentros de «Manos Curtidas», organizados el viernes en la Casa de Cultura por la tertulia femenina «El Garabato».

La riosellana Carmen González Pando aún recuerda cuando su padre, José Ramón González, le contaba cómo «las compañías que actuaban en San Sebastián paraban en Ribadesella cuando venían de regreso» para hacer sus representaciones. Sobre las tablas locales pudieron verse obras teatrales, zarzuelas y cantantes como Miguel Fleta, tenor lírico aragonés de la época. Los bailes de Carnaval en el Divino Argüelles también eran «famosísimos», rememora González Pando antes de describir con precioso detalle cómo era el teatro entonces. «Tenía los palcos forrados con terciopelo rojo y también había general y las butacas. Era una preciosidad, es una pena que lo hayan dejado así», añade.

El teatro es hoy propiedad privada y atrás quedaron los estrenos y los aplausos en directo, que luego dieron paso al cine. El historiador Juan José Pérez Valle explica en su artículo «Réquiem por el Divino Argüelles», publicado en la revista «La Plaza Nueva», que el teatro surgió de la necesidad que tenía la «pequeña pero pujante clase media riosellana (comerciantes, rentistas indianos, escasos industriales y titulares de profesiones liberales) de principios del XX de disponer de salones adecuados, a semejanza de los que existían en las ciudades, donde pudiesen representarse obras teatrales, de zarzuela y todo tipo de espectáculos». Con un aforo de 355 plazas, el teatro fue inaugurado el 16 de julio de 1911 con la actuación de una compañía que puso en escena la zarzuela «Las grandes fatiguitas». Las tablas recibieron muchos y muy variados espectáculos y también acogieron la afición que su apertura había arraigado en Ribadesella.

Pérez Valle narra cómo los grupos de aficionados pusieron en escena «variadas obras de comedia y sainete e incluso se atrevían con pasajes de zarzuela, actuando generalmente para obras benéficas». De uno de estos grupos de aficionados locales, ya en la década de los años cuarenta, se acuerda Carmen González Pando. «Hicieron más teatro cómico que zarzuela», explica antes de citar, de memoria, una frase de una de las piezas que interpretaron, «La Rosa del Azafrán».

A la derecha, pasada la Casa del Escudo o de Collado, estuvo la relojería de Guillermo, que luego fue a la Gran Vía. Ahora la calle, lineal, nos permite ver a lo lejos los árboles de la Plaza del Mercado de Ganados, ya en L'Atalaya, a donde nos encaminamos


Seguimos fijándonos en la diferencia de traza de los caminos de la derecha de la calle con los de la izquierda, los del ensanche, en el cual fue construyéndose paulatinamente. De esta manera leemos en el Gran Atlas del Principado de Asturias lo siguiente:
"El nuevo muelle se concluyó en 1854 y en ensanche se fue rellenando a lo largo de la segunda mitad del siglo (aún aparece sin caserío en el plano realizado por M. Ferreiro para el Atlas de F. Coello de 1861), mediante el establecimiento de algunos elementos burgueses surgidos de la notable faceta mercantil riosellana y del regreso de ciertos indianos enriquecidos"

En efecto, y fue además a partir de 1898, cuando gran parte de esos indianos regresan, con sus capitales, tras la independencia de Cuba, lo que transformará realmente, física y socialmente la villa del Sella al revitalizarla económicamente, fenómeno acontecido en esos años del cambio de siglo y que se prolongará durante las dos décadas siguientes, que es cuando se va edificando por entero este ensanche o "terrenos de la Nueva Población", como aparecía en su proyecto


El fenómeno industrializador habría ya empezado en 1880 con la moderna fábrica de los ya citados emigrantes e industriales hermanos Blanco Junco, fundada en 1880 pero que en 1901 amplía su capital y pasa a llamarse Blanco Saro y Cía, que posteriormente será la Gran Sidrería Modelo de Ribadesella. Volvemos a que nos lo relate Capín Rama en su artículo:
"La familia Blanco ha estado arraigada en Ribadesella durante siglos. El primer ascendiente del que se tiene noticia se remonta al año 1514 con Juan Blanco, quien casa con María Llano, natural de Bones.

A través de varias generaciones llegamos a finales del siglo XIX con los hermanos Blanco Junco: María Teresa, Salvador, Benigno, Antonio, Ramón y José.

En torno a 1870, Salvador y Benigno emigran a Cuba en el Bergantín Habana, velero de pasaje que hacía la ruta desde Ribadesella a aquella isla (por entonces colonia española). Tras unos pocos años de trabajo, les toca un generoso premio de lotería, de modo que regresan a Ribadesella y montan con sus demás hermanos una fábrica de sidra en el arenal de la playa de Santa Marina.

En su artículo sobre «La emigración riosellana a América», publicado en la revista «La Plaza Nueva», el insigne historiador Juan José Pérez Valle revela la trascendencia de esta iniciativa empresarial: «En realidad no se puede hablar de actividad industrial fuera de lo que era la tradición artesanal, incluida la carpintería de ribera, hasta que los hermanos Blanco Junco sentaron las bases de la moderna industria en Ribadesella fundando en 1880 una importante fábrica de sidra».

Debido al exceso de sidra por una abundante cosecha, los hermanos Blanco se ven en la obligación de tirar parte de la producción; de modo que deciden viajar a Francia para formarse en la elaboración de otros productos. Así, aprenden a fabricar calvados, aguardiente de sidra cuyo origen está en la localidad francesa del mismo nombre.

Las sidras y aguardientes se venden por todas las provincias españolas, y se exportan a Europa (Inglaterra, Bélgica, Alemania, Holanda, Noruega) y a las Américas (Cuba, México, Brasil). Para la exportación, la empresa llega a poseer cuatro barcos, uno de los cuales, el «Robin» (petirrojo), está expuesto en un museo naval británico. Por su calidad, los productos llegan a ser galardonados en certámenes internacionales en varias ocasiones.

En 1901 la empresa amplía su capital con nuevos socios, y pasa a denominarse Blanco, Saro y Cía. La actividad empresarial se extiende a la energía eléctrica mediante la compra de un molino en el salto de San Román, en el río Sella, lo cual redundará en la traída de la electricidad al pueblo. Según Juan José Pérez Valle, en 1950 la empresa hidroeléctrica llegó a generar 466.300 kW/h.

Con el fin de tener agua corriente en casa, los hermanos Blanco deciden comprar un manantial del monte Tinganón. Tras realizar la traída de agua, la primera bañera que se instala en la villa es la de la esposa de Salvador, Nieves González Llerandi. Este hecho daría lugar a cotilleos que hoy resultan jocosos, como por ejemplo: «¿Viste a doña Nieves?, ¡qué gochona!, se baña todos los días».

Más tarde, la empresa pasa a denominarse Gran Sidrería Modelo de Ribadesella y, a continuación, se convierte en sociedad anónima con la denominación El Sella. Posteriormente, la sociedad pasa a manos de la marquesa de Argüelles y Ramón Cifuentes para, finalmente, disolverse en 1957.

Las instalaciones serían adquiridas por Avelina Cerra, viuda de Dionisio Ruisánchez, y remodeladas como centro de enseñanza y sede de la Fundación Ruisánchez, que aún perdura otorgando pensiones y becas a personas de la villa riosellana"

Según avanzamos, pasamos enfrente ahora de la famosa Sidrería El Rompeolas, de Toño y Conchita, del que leemos en Restaurant Guru:
tarta de queso

A la izquierda el Edificio Príncipe de Asturias y, poco más allá, el Edificio México, nombre que evoca la impronta indiana pionera en en ensanche. No hemos de olvidar que el puerto riosellano contó incluso con una línea regular a Cuba, la del bergantín Habana, que realizó sus singladuras atlánticas entre 1862 y 1874, justamente cuando despegaba grandemente el fenómeno indiano, ayudado por diversos factores, principalmente el económico, pero no sólo este, pues no pocos mozos se embarcaron para evitar ser alistados para un duro servicio militar con muchas posibilidades de participar en las endémicas guerras carlistas, que incluso llegaron a la villa cuando, en 1873, el teniente carlista Oró murió en el Puente del Sella, entonces de madera, y como represalia sus tropas saquearon la población incluyendo este su naciente ensanche, destrozando el telégrafo, los archivos, las tiendas, e incluso secuestraron al alcalde, por quien hubo de pagarse un costoso rescate para su liberación


En La excelencia territorial, un reto alcanzable, de la serie Nuevas y viejas polas de La Nueva España, Fermín Rodríguez y Rafael Menéndez, hablan de cómo la población se fue extendiendo por este ensanche riosellano antes de saltar al Arenal de Santa Marina:
"Ribadesella ejemplifica por qué un núcleo de poco menos de 4.000 habitantes es una ciudad de pleno derecho. Crecida históricamente en torno al eje callejero sobre el que se emplazan iglesia y ayuntamiento, recostada contra La Cuesta, consolidó su ensanche reticular decimonónico en torno a la Gran Vía de Argüelles y a las calles del Comercio y del Muelle. La ciudad fue siempre de la mano del puerto, fortaleciéndose aquélla con la reforma de éste, otro proyecto del reformismo borbónico del siglo XVIII, que a punto estuvo de dar a Ribadesella un papel mayor como salida de Castilla al mar. La construcción del puente de madera, en el XIX, permitió también dar el salto al otro lado de la ría y desarrollar, desde la época de entresiglos, el espectacular caserío de chalés y casonas indianas asomadas al arenal de Santa Marina. Núcleo primigenio del veraneo, que situó a Ribadesella entre las primeras y sofisticadas ciudades precursoras del turismo de costa en España.

Nuevamente nos encontramos con los indianos como promotores de iniciativas que aún hoy mantienen una huella indeleble en las villas. Su papel es comparable al de las cartas pueblas fundadoras, a las murallas, a la plaza de mercado, a los comercios... Ellos traían la relación con Cuba, adonde iban a recalar los bergantines de los emigrantes, poseídos de la ilusión, no siempre vana, de hacer negocios de tabaco, de caña, para asentar comercio, fundar bancos y construir ferrocarriles. Con este esfuerzo de creación innovaban, y cuando regresaban, ya fuera de recalada o para siempre,  traían modernidad y capitales con los que financiar iniciativas y promover mejoras para combatir el atraso de la tierra."

A nuestra derecha, el Mesón de Ana, uno de los paraísos gastronómicos riosellanos y excelente sidrería. En la Ruta Riosellana de la Sidra (de Ramón Molleda para Ribadesella.com) aparece bien incluido y reflejado:
"... cuentan siempre con la sidra de más alta calidad, acompañando las charlas o unas buenas tapas y cartas de excelente tradición marinera. El pescado riosellano y las recetas de la villa, cultivadas con esmero durante décadas, son una apuesta segura para aquél que tiene apetito. 
Los mejores restaurantes y sidrerías. Muchos locales como El CarroceuEl CampanuLa GuíaEl PuertoLa Portiella, El Mesón de Ana o El Prau de Tereñes (...) han sabido guardar la esencia de la comida riosellana como un tesoro y, a la vez, potenciar su gastronomía propia y meritosa con la mejor sidra de la región. 
Las sidrerías proliferan en todo el concejo, aunque principalmente en la capital. El prestigio de estos puntos de encuentro se constata en el ambiente extraordinario que se vive puertas adentro. Con la llegada del buen tiempo, el carisma de estos locales es aún más palpable, pues las terrazas son una prolongación de más ambiente, más sidra, charlas, y buenos platos"

Seguidamente otra muy importante referencia culinaria, el Bar Restaurante Arcín, célebre entre otras especialidades por sus arroces, cachopo, etc.


A la izquierda, el escaparate de la parte posterior de la mueblería de los Hermanos Martínez Estrada, cuya entrada está al otro lado, en la Gran Vía


Aquí estuvo, con su gran fachada principal mirando a la plaza, el Hotel Universo, fundado hacia 1911 y que funcionó hasta la contienda civil, del que dice asimismo Ramón Capín Rama:
"un enorme establecimiento que abarcaba todo el edificio donde termina la calle Gran Vía, frente al parque de la Atalaya. Se trataba de un negocio familiar regentado por doña Celia Cuétara y su esposo, Manuel. El matrimonio tenía tres hijos: Fernando, Manolo y Antonina. Un hotel de tal tamaño en los umbrales del siglo XX, ubicado en una pequeña villa como Ribadesella, induce a pensar que ya por entonces existía un cierto trasiego de gente por el pueblo"

Según este profesor esta descripción de la investigadora Gracia Suárez Botas en su libro Hoteles de viajeros en Asturias se refiere a él:
«El edificio en esquina rematando una manzana, o en el arranque de una calle. Y no una calle cualquiera, sino muchas veces a la vía principal de la población, que coincide además con la zona de paseo elegante»

Y salimos a la calle Manuel Caso de la Villa, donde se forma el famoso "7" sobre el que se extiende, muy linealmente, la villa desde su fundación, siguiendo la orografía costera entre las alturas de La Cuesta, a la derecha, y del Monte Corberu, a la izquierda, con la ría. Podríamos ir ya desde aquí a la izquierda a salir al muelle y ermita de Santa Ana, siguiendo las conchas xacobeas...

Pero dada la proximidad de la Playa L'Atalaya estimamos oportuno acercarnos a ella para conocerla, por lo que, primeramente, cruzaremos la calle y seguiremos de frente a la Plaza del Mercado de Ganado, donde este se celebró hasta 1968


A la izquierda, en un edificio de época, el Café La Villa, con sus terrazas en la plaza. Aquí fue donde el periodista ovetense Pedro Zuazua se inspiró para escribir su artículo El dirección contraria, en el que plasma una de sus vivencias futbolísticas, la sensación de desconexión que invade a veces a una gran cantidad de aficionados, como él, al fútbol:
"El pasado 31 de diciembre me di cuenta de lo alejado que me siento del fútbol, en general, y del Real Oviedo, en particular. Sucedió mientras desayunaba un maravilloso pincho de lomo en el Café de la Villa de Ribadesella, que es, por cierto, la cafetería en la que mejor se desayuna. De todo el mundo.

Justo cuando apuraba el último trago del café entraron varias personas vestidas con la camiseta del Oviedo. De primeras no me llamó mucho la atención; al fin y al cabo era la mañana de la Nochevieja, se celebra la San Silvestre… Pero cuando una de ellas se dirigió a un parroquiano y le dijo que iban para el Tartiere mis orejas se alzaron igual que las de un gato que escucha trinar a un pájaro. ¿A qué coño iban al Tartiere un 31 de diciembre? Pues a un partido de liga. Contra la Ponferradina, concretamente. Todo eso lo supe después de mirarlo en el móvil, claro.

Fue una sensación extraña. Como si en ese instante culminara un proceso de distanciamiento que se había iniciado muchos años antes. No fue un camino corto. Tampoco sencillo. Por aportar un poco de contexto, llevo 34 años siendo socio del Real Oviedo. Lo he visto jugar en Primera, en Segunda, en Segunda B y en Tercera. Lloré el día en que el Génova nos eliminó de la UEFA, pero mucho más la noche de un sábado de junio en la que el Arteixo nos privó de un ascenso a Segunda B. “Espero que el día que me muera llores la mitad de lo que has llorado por el Oviedo”, me espetó mi madre a la mañana siguiente.

La semana previa a un partido importante (podía ser, perfectamente, uno de Tercera), me pasaba varias noches sin dormir. A veces, soñaba que lo habíamos ganado y, al despertar, me venía el bajón. Un poco parecido a cuando, de adolescente, soñaba que había besado a la chica que me gustaba y luego tocaba despertar.

Hice miles y miles de kilómetros para ver partidos que casi siempre terminaban en derrota. Incluso me crucé el Atlántico comprando un nuevo billete porque mi presencia en el partido de ida de un play-off de ascenso a Segunda B dependía en gran medida de la puntualidad de la aerolínea, y como nadie me podía asegurar nada, decidí comprar un nuevo pasaje y adelantar un día la vuelta de mis vacaciones. Siendo consejero del club, me metí en una iglesia de la calle Toledo de Madrid a rezar mientras jugábamos un partido en Canarias. Íbamos perdiendo 2 a 0. Cuando me senté -escuchando el partido por los cascos; es decir, rezando, pero tampoco tanto- marcamos un gol. Y claro, me tuve que quedar todo el partido allí. Al final perdimos.

Ahí, en mi etapa de consejero, empezó todo. Ya antes había dado claros síntomas de que a mí no me gustaba el fútbol, sino que solo me gustaba el Oviedo..."

Desde aquí podemos admirar toda la gran fachada del citado Hotel Universo, memoria viva riosellana. En el foro de Ribadesella.com y firmado por marce se cuenta de los establecimientos que había en estas calles:
"Después de la droguería de Lalo estaba el portal de Lolina y Constantina Prieto ¿Quesada? y a continuación la zapatería de Manolo Buenaga "El Patiñu" y a su lado la sastrería de Sindo. Enfrente estaba el edificio de lo que había sido el "Hotel Universo" (me parece) y que algunos recordarán como "el frente de juventudes". 
Por ese lado, el cierre de la Gran Vía era el bar de Joselillo, mas tarde de Pepín "el Carretu" de quién cero que era suegro, a su lado la tienda de Marisa, la esposa de César Lorences y a la otra parte el Hotel Covadonga, regentado durante muchos años por Ramón Cifuentes "Cuartes" y su Señora, Andrea Ruíz, y que ahora me parece que es del hijo pequeño de Pablo Oña el de la Imprenta (creo que se apellida Ruíz de Oña)."

Más allá asoman sobre los árboles los Apartamentos Las Vegas, al otro lado del parque


 Antaño, entre L'Atalaya y la ría existió un barrio de pescadores, L'Aguda, cuyo núcleo era El Puertu Chicu, que desapareció con los rellenos para hacer el nuevo puerto y el ensanche, y la capilla de Santa Ana, que esta sí se conserva y fue restaurada, si bien oculta por los edificios


A la derecha, en la calle Manuel Fernández Juncos y en medio de otra fila de edificios históricos están los apartamentos La Atalaya y varias casas más tradicionales


Son de diferentes tamaños y trazas, todas con sus bodegas y bajos comerciales mirando al parque, es fácil que construidas en base a otras más antiguas, reformadas. Esta primera de la derecha, entre la puerta y la ventana, arriba, una placa hace homenaje a Manuel Fernández Juncos, emigrante riosellano, nacido en Tresmonte, parroquia de Moru, en 1846 y asentado en Puerto Rico, donde pasó su vida, periodista, pedagogo y poeta "portorriqueño de origen español", como se le considera, que adaptó la lírica de La Borinqueña, himno nacional de Puerto Rico. He aquí su biografía extraída de Wikipedia:
"Juncos nació en Tresmonte, un lugar ubicado en RibadesellaPrincipado de AsturiasEspaña. A los once años emigró a Puerto Rico, donde permaneció el resto de su vida, sin otra instrucción que la que era tan tierna edad había podido recibir en su pueblo. Establecido en Ponce, trabaja para ganarse el sustento, y aún siente mucho mayor interés en instruirse. Lee mucho y estudia idiomas, pero habiendo contraído la fiebre amarilla, tiene que interrumpirlo todo y pasar a reponerse a un poblado de montaña al que la epidemia no había llegado. En ese ambiente rural su espíritu observador se llenará de imágenes que pronto le permitirán revelarse como excelente escritor costumbrista. 
El destronamiento de Isabel II le hace confiar en que el futuro deparará a aquella isla una forma de administración autonomista, más eficaz para el país y más conveniente para España, y a esta idea, que nada tenía de independista, se entregó de por vida. 
En principio, Fernández Juncos escribió para El Progreso, un periódico fundado por José Julián Acosta. También escribió para Porvenir y El Clamor del País. Fundó un periódico llamado El Buscapié, en 1875, semanario jocoserio, ameno, ingenioso y original, que vivió floreciente hasta que Puerto Rico se perdió para España y que fue muy leído en esa época. El semanario estimuló la lectura en su país, y fueron tantas las colaboraciones que se le ofrecían, que Fernández Juncos creyó llegado el momento de fundar una publicaciín ilustrada, de mayor empeño y ésta fue la Revista Puertorriqueña, juzgada por Menéndez Pelayo como una de las mejores publicaciones literarias americanas. 
Fundó también la Institución de Enseñanza Popular y la Biblioteca Municipal de San Juan; colaboró muy activamente en el establecimiento de la Cruz Roja; sacó varias veces de sus crisis al Ateneo Puertorriqueño; presidió el Partido Autonomista Histórico y la Liga de Republicanos Españoles; fue presidente de la Sociedad de Escritores y Artistas de Puerto Rico y diputado provincial por el distrito de San Juan. 
Como escritor, Juncos estudió y escribió sobre las raíces de los puertorriqueños. Algunas de sus obras más conocidas son Tipos y Caracteres, Libro Cuarto de Lectura, y Canciones Escolares (que coescribió con Virgilio Dávila y Braulio Dueño Colon). 
Fernández Juncos se unió al Partido Autonomista, que había sido fundado por Roman Baldorioty de Castro, convirtiéndose en el secretario. Tiempo después, cuando Puerto Rico obtuvo la autonomía respecto de España, 1897, Juncos fue elegido primer Secretario de Estado. También fue encargado de la secretaría de Hacienda, de una hacienda que estaba al borde de la bancarrota, pero que él, con su ingenio y su prestigio, supo sacar a flote, lo que ha permitido calificarle también como hacendista ilustre. De todos modos, en menos de un año Puerto Rico fue invadida por Estados Unidos durante la Guerra Hispano-Estadounidense y el gobierno abolido. Al cambiar la soberanía en 1898 se mantuvo fiel a su patria como recogen los periódicos de la época​ Según el diario "El Día" de fecha 18 de octubre de 1898 literalmente: "Es el único, según el diario,que levantó “con orgullo la cabeza para desafiar el poderío americano… y que recoge los girones de vergüenza con que los puertorriqueños alfombraron el camino triunfal de sus nuevos amos, y tiene el valor de decir: ‘¡Idos en buena hora; yo quedo siendo español!’"

La placa, según se lee, fue descubierta el 17 de octubre de 1991 por el Gobernador de Puerto Rico Rafael Hernández Colón. Proseguimos con la biografía de Fernández Juncos:
"Debido a que la letra original del Himno Nacional de Puerto Rico era de corte independentista y antiespañol, escribió una versión no-controvertida de la letra en 1903. Al adueñarse los norteamericanos de Puerto Rico, Fernández Juncos dejó de publicar El Buscapié, y sabiendo que con ello perdía todo cargo oficial y toda influencia política sobre aquella isla en la que llevaba viviendo más de cuarenta años, se inscribió en el Consulado para conservar la nacionalidad española. Su ambición entonces fue salvar el castellano de su suplantación por el inglés, y como en español no había textos escolares adaptados a las exigencias de las leyes norteamericanas, se esforzó en prepararlos, logrando en esta patriótica empresa, que nunca dejaría de la mano, el mismo éxito que en todas sus otras actividades literarias. 
De esa constancia en la defensa del idioma habla este párrafo de una carta, que el 12 de julio de 1910 escribe a su «gran paisano», Fermín Canella: «En una colección que preparo de producciones cortas y excelentes de autores castellanos modernos, para lectura y estudio de lenguaje en las Altas Escuelas de Cuba y Puerto Rico, quisiera reproducir El gallo de Sócrates, de Clarín, y poner su retrato al frente de los apuntes biográficos y críticos que han de preceder a la obra de cada autor.-Le suplico a usted que obtenga de la Sra. Viuda o herederos del ilustre Alas el permiso para aquella reproducción y uno de los retratos más parecidos a él». 
En 1907, el Ateneo Puertorriqueño había organizado una solemne coronación de Fernández Juncos como símbolo de fraternidad entre España y Puerto Rico, cuando en 1916, la Universidad de Puerto Rico le hizo Doctor honoris causa. 
Además de su obra poética, se distinguió porque fundó un albergue para huérfanos el cual opera hasta la fecha, y la Cruz Roja en Puerto Rico. 
Manuel Fernández Juncos murió el 18 de agosto de 1928 en San Juan, Puerto Rico. Después de su muerte, Ribadesella dio su nombre a una de sus calles y a una escuela graduada. El Ayuntamiento de San Juan, que ya le había nombrado hijo adoptivo en 1924, tampoco se quedó rezagado en este tipo de homenajes y puso su nombre a una de sus más flamantes avenidas. De los más de veinte títulos de volúmenes publicados por Fernández Juncos destacan: Cuentos y narraciones; Galería puertorriqueña: Tipos y caracteres; De Puerto Rico a Madrid; Los primeros pasos en castellano y La lengua castellana en Puerto Rico."

Esta es una de las que conserva su traza original, la que vemos en medio de la foto, de piedra y con cortafuegos, posiblemente del siglo XVII


Con cortafuegos es también la del final de la fila, con hermosa galería acristalada que cierra lo que debió ser un corredor. Antes que ella esta casona con tres puertas  es un chalet de época, construido en 1910: la Casa'l Pixuecu, de la familia de Rodrigo Cabrales. Hoy en día lo llamaríamos palacio pero por entonces se gustaba de denominar chalets a estas mansiones


Era el palacete de Perla Cifuentes y José María Arechabala, donde a finales del siglo XIX había un caserón de propiedad municipal que llevaba unos cincuenta años siendo la desvencijada escuela de niños, que amenazaba con venirse abajo, situación denunciada reiteradamente por el maestro Valeriano Saraste, por lo que, aprovechando que el Ayuntamiento, allá por el año 1901, acabada de ingresar el dinero de la venta del viejo puente de madera del Sella, que acababa de sustituirse por uno de piedra, para solicitar que lo ingresado por esta venta sirviese para sufragar unas nuevas escuelas para la villa, máxime teniendo en cuenta que ya estaban construyéndose las de Collera y El Carmen. El erudito riosellano Toni Silva narra en Cien años de las escuelas de La Atalaya (La Nueva España 12-1-2016) cómo continuó aquella peripecia:
" el alcalde, el conservador Francisco S. de Fuentes, contestó que eran prioritarias las de Berbes, Cuerres, Ucio, Linares y Junco. Pero en 1904 intervino el rector de la Universidad de Oviedo, Félix Aramburu, pues en aquel tiempo era el rectorado el responsable técnico del aparato educativo. El republicano Aramburu, que ya venía mucho a su mansión de Ribadesella y sin duda conocería personalmente a Valeriano Díaz y simpatizaría con su reformismo educativo (y político), amenazó al alcalde con cerrar la ruinosa escuela de niños, por lo que el Consistorio se desperezó y se lanzó a buscar un local en condiciones"

Primeramente, pensaron en un solar que había enfrente, L'Alameda, donde antes se encontraba la casa del insigne riosellano Agustín de Argüelles, diputado en las Cortes de Cádiz y uno de los padres de la Constitución de 1812, apodado El Divino por su oratoria (cuya biografía repasábamos ante su su busto en la Plaza de la Reina María Cristina, publicada en otra entrada de este blog), un terreno que por entonces era propiedad del indiano Vicente Villar del Valle, pero no pudo ser, así como tampoco en la misma Casa Consistorial, entonces sita en la actual calle Sella, al lado de la capilla de Santa Ana, porque por entonces era también cárcel (y juzgado municipal), negándose los padres a que los escolinos estuviesen al lado de los presos


La escuela de niños se fue por fin de aquí a la calle del Muelle en 1905, pero la situación escolar riosellana no mejoró hasta que, después de varias operaciones inmobiliarias en este lugar y un legado testamentario del citado indiano benefactor Villar del Valle, consiguieron se hiciesen unas escuelas graduadas grandes, modernas y en condiciones en los terrenos de L'Atalaya situados a la derecha del camino de la playa. Dice Toni Silva:
"Pienso que 1916 fue el año clave para la creación de las escuelas graduadas de la villa riosellana, pues fue el año en que el Ayuntamiento se lanzó a la aventura de construirlas. Y decimos aventura porque en esos años el mundo estaba patas arriba con la Gran Guerra y los precios de todas las cosas, arrastrados por la creciente carestía del carbón (combustible básico de los ejércitos), estaban desquiciados. De hecho la obra se había calculado en 103.000 ptas en 1916 y cuando se acabó, en 1919, había costado más de 170.000, (o más de 200.000, si incluimos el solar, el proyecto, intereses y amortizaciones), dejando una gran deuda para el Ayuntamiento. El detonante que disparó la decisión de construirlas fue el providencial legado testamentario de 20.000 pts. dejado por Vicente Villar y Valle, fallecido en 1915, con el destino específico de construir escuelas en la villa, además de otras grandes cantidades para causas benéficas. Las otras dos patas en las que el Ayuntamiento se iba a apoyar eran, por un lado, una subvención estatal del 48% de la obra (50.000 pts.), y por otro, un empréstito conseguido en 1915 por el alcalde, Ramón Cifuentes. El empréstito -que no era un préstamo, sino una licencia al Ayuntamiento para avalar deuda pública- tenía un tope de 250.000 pts., aunque no se apuró hasta el final; de él se emitieron obligaciones por 86.000 pts. para construir el alcantarillado y por 31.000 pts. para las escuelas. El empréstito lo gestionó el Banco Herrero, entidad muy relacionada con Ribadesella por los veraneos aquí (primero de alquiler y a partir de 1919 con casa propia) de Ignacio Herrero Collantes, diputado en Cortes, marqués consorte de Aledo y consejero del banco por ser hijo de Policarpo Herrero, el fundador de la entidad en 1911"

Aquellas operaciones urbanísticas que culminaron con la construcción de las Escuelas Graduadas de Ribadesella fueron trascendentales: primero fue la compra en 1905 de unos  terrenos en L'Atalaya al antiguo secretario municipal Valentín Cárcaba. La segunda operación se trató una permuta de terrenos que se hizo en 1912 con el recitado indiano y dueño del solar, Vicente Villar del Valle, para ampliar el mercado de ganados que aquí se celebraba, y por último una tercera se hizo con su viuda, con su viuda, Asunción Valle, en 1916, otra permuta de terreno, esta para ensanchar la calle de acceso al futuro grupo escolar


Tras estas dos últimas permutas se aumentaba y mejoraba el espacio público del lugar pero fue a cambio del derribo de la quintana de Agustín de Argüelles, con casa, huerta y panera, para los jardines del Palacio de La Atalaya construido, siguiendo gustos tanto de la arquitectura europea como de la latinoamericana, según proyecto de 1919 del arquitecto Miguel García Lomas para Asunción Valle. Su marido había hecho además la antes mencionada donación testamentaria de 20.000 pesetas para ayudar a sufragar las escuelas, algo que resultó totalmente providencial 


Vicente Villar del Valle era un indiano, benefactor de esta villa, que había hecho fortuna en Cienfuegos, Cuba, dedicándose al comercio y llegando a adquirir la magnífica quincallería El Palo Gordo, además de primer presidente del Casino Español de Cienfuegos. Algo más de su biografía aparece en el trabajo de José Luis Urra Maqueira, El Palo Gordo de Cienfuegos en pos de su bicentenariopublicado en 5 de septiembre Diario digital de Cienfuegos:
"Vicente nace en la ciudad de Villaviciosa, Asturias, en 1850. Crece entre tres hermanos: Generosa, Engracia y Francisco, quien se convierte en su socio años después. Apenas concluye el bachillerato viaja a Cienfuegos en 1862. Desde un principio es atrapado por las labores comerciales, y con el tiempo se convierte en negociante próspero y figura respetada por los sureños. Luis Puñal lo describe como un hombre alto, bien conservado, de ojos pardos oscuros, nariz borbónica, bigote abundante y barba terminada en punta a lo Cervantes.

Igual, que es dado a los viajes, particularmente a España, donde suele retirarse para filtrar sus pulmones. A propósito, el suyo fue el primer auto que tuvo Ribadesella. No es de asombrar que intentase siempre mostrar su bonanza, pues los oriundos solían rechazar a aquellos que regresaban sin fortuna.

José Vicente, el más perspicaz de los tres hermanos, duplica entonces la reputación del establecimiento, ya no solo por el modo con que se explaya en la sociedad, los atributos de sus productos y el admirable inmueble que ocupa, sino también por la variedad de las ofertas y montos. Para lograr la compraventa al por mayor y menor de efectos de quincalla, papelería, joyería y prendería, se vincula a otro socio, Galo Díaz de la Tuesta y la Hoya, finalmente su comandatario, y crea la razón social de Villar y Cía, el 8 de enero de 1878."

Llamado realmente José Vicente Villar del Valle, tenía dos hermanas, Generosa y Engracia, y un hermano, Francisco Villar, su socio en El Palo Gordo, fallecido en un accidente ferroviario en Payares junto con su hijo Manuel. Otro de sus hijos, Paco, se casó con Carmina Fernández de Castro del Valle, sobrina de Asunción. Un sobrino de Vicente Villar, hijo de su hermana Engracia, José Alabau Villar, llegó a ser gerente de El Palo Gordo


Desde el portón de la finca vemos La Torre L'Atalaya, construcción historicista del siglo XIX que se halla dentro del recinto de la mansión pero hecha sobre una de las torres medievales que defendían la vieja puebla riosellana, la cual carecía de murallas y basaba su defensa en varios fuertes y torreones colocados sobre las alturas que dominan la villa, el puerto y el estuario


A simple vista y desde el exterior nada se aprecia de origen medieval salvo la planta cuadrada del edificio. Paredes de ladrillo, ventanas de madera bíforas y tríforas, así como las almenas, corresponden a las obras efectuadas al transformarla en vivienda. En el año 2022 la propiedad solicitó el afianzamiento de sus muros, para evitar desprendimientos. En las partes desconchadas del piso inferior parecen percibirse muros de mampostería


Esta es una imagen que fue muy familiar mucho tiempo, la torre cubierta de hiedra, lo cual acentuaba su imagen romántica neomedieval, un gusto muy patente aún en esa época


Seguimos ahora subiendo, entre los muros de la finca y los del grupo escolar, cerrados además por una alta valla y cuyos edificios originales han desaparecido, siendo ahora el Colegio Público Fernández Juncos


Encantadora rampa de L'Atalaya, ancha y con farolas, muy recta, entre el centro escolar y el palacio


El matrimonio Villar y Valle contribuyó también a la construcción del asilo, que vimos al entrar en el casco urbano por La Estación y El Fuerte, antes de El Portiellu, y de la nueva parroquial de Santa María Magdalena, proyectadas por el mismo arquitecto, el citado Miguel García-Lomas Somoano


El chalet, estilo ecléctico, se eleva sobre una terraza con balaustrada y se dice su obra finalizó en 1922. Su fachada principal muestra un pórtico destacado sobre el que se apoya la terraza del piso superior, entre pilares cuadrados. Destacan las guirnaldas en relieve que, formando una banda y con grandes jarrones en sus esquinas, rematan su frontón


Un poco más arriba y subiendo a la playa, una pequeña puerta lateral. Palmeras y árboles ornamentales rodean el chalet y pueblan el jardín. Se celebran a veces bodas, las primeras conocidas ya en la década de 1930 


Fueron ciertamente famosos los coches de la familia, los primeros que circularon por las calles riosellanas. El fotógrafo Alejandro Braña nos cuenta en su bella entrada de textos y fotografías Recuerdos de La Atalaya, que Asunción Villar resultaría asesinada por su propio chófer en Madrid en diciembre de 1936, cinco meses después de estallar la guerra civil


No deja de llamarle la atención a este artista que Asunción Valle prefiriese este lugar para levantar su palacio, del que muestra también excelentes fotos en Desde La Atalaya, en vez del Arenal de Santa Marina, cuya primera línea de playa era la preferida para las nuevas casonas de los indianos y la más pudiente y exitosa burguesía industrial. Pensamos que tal vez prefiriese la tranquilidad de esta otra playa, también llamada L'Atalaya, bajo El Monte Corberu y sus acantilados, que la guardan del viento


Situada justo detrás de la casa, cuenta con buenos accesos y aún en pleno verano no es tan concurrida, si bien es verdad que además de arena abundan cantos y pedrales


Esta abundancia de pequeños y medianos guijarros, junto con las rocas negras de formación pizarrosa dificultan el baño por cortantes, pero a cambio los vecinos y veraneantes pueden disfrutar de más sosiego e intimidad. Fijémonos también en la arribada de ocle o algas marinas de arrastre


La arena es tostada, aunque cubierta por los citados regodones, su longitud total es de unos 100 metros y su anchura puede variar bastante (también la longitud) según las grandes diferencias entre pleamares y bajamares del Cantábrico


Como nota curiosa hemos de decir que, siendo alcalde Salvador Blanco Junco (uno de los hermanos industriales y emigrantes a los que nos hemos referido antes), estipuló multas de cinco pesetas, cantidad muy considerable para la época, para los hombres que mirasen desde aquí con prismáticos a las mujeres que se bañaban en este pedral


Si bien podemos calificarla de urbana está a la vez escondida de la población, tanto es así que muchos visitantes no la conocen, pese que, como bien dicen el la Enciclopedia del Paisaje de Asturias llegan a decir que "aparece súbitamente en el mismo casco urbano"


Tiene forma irregular y está orientada al nordeste, en verano cuenta con servicio de salvamentos, como los demás arenales más frecuentados del concejo, pero en este caso únicamente los fines de semana y festivos


La costa acantilada se prolonga a la derecha, por El Pechal de L'Atalaya hacia El Pedralín, La Punta Arvidel, que cierra la pequeña playa de este nombre y y la Playa Arra, reconociéndose aún más al este los famosos acantilados de L'Infiernu con La Punta Palu Verde comunicados por senda costera, regularmente señalizada, con los de Tomasón


Realmente la costa acantilada llega mucho más allá, a El Castrón y Castru Arenes, al norte de Toriellu y muy cerca de los que pasa el Camino, al norte de Cuerres y Toriellu


En la lejanía se llegan a divisar en días claros hasta los acantilados de Pría, en Llanes, los de los célebres bufones de El Bramadoriu o La Bramadoria


La playa, fuera de temporada, solitaria, pero no del todo, siempre hay algún paseante que se aproxima a este mirador o que baja a la orilla. Al estar como hemos dicho bastante protegida de los vientos algunos incluso toman el sol entre las rocas siempre que haya buen sol, independientemente de la estación, por ello es llamada en ocasiones El Tostaderu Municipal


Esta costa también tiene sus historias de naufragios, uno de los más mediáticos fue, en agosto de 1992 y plena temporada estival, el del buque croata Neretva, a apenas 1,3 millas de La Punta Palu Verde, a causa de un corrimiento de la carga. Pese a los esfuerzos de la tripulación no se puedo hacer nada y se hundió a las 9,30 de la mañana, pudiendo ser rescatados sus tripulantes. Así aparece narrado este suceso en Bucea en la Historia:
"Este mercante mineralero croata hacía la ruta de Vizcaya (España) hacia Turquía cargando 5.492 toneladas de ceniza de pirita. El 13 de agosto de 1992, a 2 millas al nordeste de Ribadesella, el barco coge una escora inestable: 25º, debido a un corrimiento de la carga, y a pesar de que acudieron a socorrerle numerosos efectivos (dos remolcadores, dos buques de apoyo, un helicóptero) escoradísimo a estribor, se hunde irremediablemente. Los 20 tripulantes lograron salvarse. Actualmente el barco descansa sobre su costado de estribor, hundido a unos 50-55 metros sobre un fondo de arena, convertido en un arrecife con gran colonización por actinias naranjas y diversos tipos de anémonas incrustantes en las zonas de sombra, sirviendo de protección y resguardo a cientos de peces. La inmersión, profunda y con mucho sedimento en el pecio que puede enturbiar fácilmente el agua requiere cierta experiencia para los buceadores."

Efectivamente, aquel desastre llegó a transformarse en un aliciente para los buceadores, que acuden al lugar del naufragio procedentes desde muchos lugares. Al cumplirse las dos décadas del naufragio, la corresponsal de El Comercio Ana Moriyón incide en ello al publicar el artículo Veinte años en el fondo del mar:

 "El buque mercante de bandera croata 'Neretva', cargado en el puerto de Bilbao con 5.492 toneladas de cenizas de pirita, ponía rumbo a Turquía hace ahora veinte años. Hacía buena temperatura, el cielo estaba parcialmente nublado y la visibilidad era inmejorable. La mar, ligeramente tendida del Noreste y con escaso oleaje, no presagiaba ningún imprevisto, por lo que sus 20 tripulantes, dirigidos por el capitán croata Josip Brodiro, navegaban con total normalidad hacia el país balcánico.

Sin embargo, el 'Neretva' nunca llegó a su destino. Se hundió frente a la costa riosellana, a penas 1,3 millas de la punta Palo Verde. No hubo que lamentar pérdidas humanas porque fue posible rescatar a todos sus tripulantes, pero sí una molesta marea negra en plena temporada turística en las costas de Ribadesella y Llanes. Ahora el 'Neretva' reposa en el fondo marino, a unos 50 metros de profundidad, y con el tiempo se ha convertido en un atractivo turístico más para los aficionados al submarinismo (...)

Hoy, veinte años después, el 'Neretva' es un arrecife artificial donde los bancos de peces se acumulan por todo el amasijo de hierros que lo forman, entre sus 106,43 metros de eslora y 16,44 metros de manga. Pero también se ha convertido en un atractivo turístico más para los aficionados al submarinismo y es raro el fin de semana que no se organicen inmersiones en la zona, aunque no todo el mundo puede hacerlas. «Tiene mucho atractivo, viene gente de toda la cornisa cantábrica para verlo. El pasado fin de semana, sin ir más lejos, vino gente de León», explica Orlando Candás, propietario de la empresa de buceo Aula del Mar, de Lastres. No es fácil llegar hasta el buque ya que se encuentra en una cota de entre 38 y 50 metros. «Es casi buceo semiprofesional porque no todos los buceadores deportivos pueden llegar hasta allí, sólo los de niveles más avanzados», puntualiza"


Otro referente costero riosellano, pero este no ya para buceadores sino para los más provistos y previstos exploradores de las simas submarinas, es el famoso Cachucho, primera Reserva Marina Protegida de España, gran cordillera sumergida a 25 kilómetros de aquí mar adentro y a la que llaman Los Picos de Europa del Mar, pues tiene una superficie semejante, elevándose abruptamente 4.000 metros bajo el Cantábrico


En 1948 el investigador francés Edouard Le Danois publicó la primera descripción de esta cordillera en 1948, llamándola Banco Le Danois, pero en Asturias ya era conocida por los pescadores, a la que llamaban El Cachuchu, la palometa roja, por la abundancia de ese pescado en la zona. Entre toda su gran riqueza y biodiversidad natural destaca el kraken, el temido calamar gigante de las leyendas, mitología y literatura marineras, también localizados en el cercano Cañón de Avilés o Caladero de Carrandi. Así describen al temible kraken, para los pescadores asturianos peludín en Asturias, la costa de los calamares gigantes, de Escapadarural.com:
"Es uno de los lugares preferidos del Architeuthis dux (nombre científico), Kraken (nombre mitológico con el que aparece en el libro 20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne) o Peludín como le llaman en Asturias. A este cefalópodo le gusta vivir en la oscuridad, a tal profundidad que no se sabe casi nada de lo que ocurre por allí abajo. De vez en cuando sube para buscar comida y es cuando corre el peligro de enredarse en aparejos de pesca o acabar en la arena de la playa.

A nadie le gustaría encontrarse con un peludín mientras nada en el Cantábrico. Aunque esté muerto, su cercanía puede provocar un infarto porque aunque los asturianos le hayan puesto ese mote tan simpático (los diminutivos son muy habituales en su manera de hablar) objetivamente da bastante miedo. 

Tienen unos ojos tan enormes –tipo pelota de baloncesto– que se consideran los más grandes del reino animal, un cerebro, dos mandíbulas, ocho tentáculos cortos y dos más largos, dos aletas, órganos sexuales (masculino y femenino), un manto o capa en el que están todos los órganos internos y una rádula (una especie de lengua con dientes con la que deshace sus alimentos).

Pueden llegar a medir 20 metros (en parte por la longitud de sus tentáculos) y a pesar casi 300 kilos. Comen generalmente peces como bacaladillas, crustáceos u otros cefalópodos. Los capturan con los tentáculos largos, cubiertos de ventosas y se los llevan a la boca. Los tentáculos cortos les sirven para sujetar a la presa mientras se la comen. Ellos, a su vez, suelen ser alimento de los cachalotes.

A principios de 2020, unos investigadores de la Universidad de Copenhague y el Laboratorio Biológico Marino Woods Hole (Estados Unidos) consiguieron secuenciar el genoma del Architeuthis dux por primera vez. El resultado de su investigación permitió conocer que su cerebro es el más grande de los invertebrados, que tienen una gran capacidad para mimetizarse y que su genoma es casi tan complejo como el de los seres humanos. También es cosmopolita aunque le gusta la bronca. Por lo visto, se mete en bastantes peleas con sus congéneres y muchas veces acaban comiéndose los unos a los otros."

Antes de dejar la playa vamos a fijarnos en la antena repetidora instalada en lo alto de L'Atalaya o Monte Corberu: está colocada exactamente encima de una de aquellas fortificaciones, torres, fuertes o castros, que, como la que acabamos de ver en el palacio de Asunción Valle, defendían la ría, villa y puerto, oteaban el horizonte y vigilaban los accesos por mar y por tierra


Palacio de La Atalaya que volvemos a ver al regresar a retomar el Camino, ahora por su parte posterior, desde cuya terraza saliente hacia el sur, en la que se celebran las bodas, se divisan la playa y el mar 


Regresamos ahora pues a la Plaza del Mercado de Ganado, con su parque infantil. Si quisiésemos ir al Monte Corberu, verdadero balcón natural sobre el estuario de muy aconsejable e inolvidable visita, podríamos ir directamente a la derecha, pero para no apartarnos demasiado del Camino Norte oficial y conocer la histórica capilla de Santa Ana, a la que se acogían los peregrinos de antaño antes de cruzar temerosos las tantas veces procelosas aguas en aquellas endebles y atestadas barcas, cruzaremos la plaza y retomaremos la ruta señalizada


Y ahora, entre el antiguo Hotel Universo a la izquierda y a la derecha el Café La Villa, enfilamos todo recto la calle Manuel Caso de la Villa, viendo al fondo ya la explanada del puerto y, aún más allá, las casas del camino a la capilla de la Virgen de Guía, en lo alto del Corberu, o tal vez deberíamos escribir más correctamente Corveru, lugar de cuervos, un topónimo harto frecuente en costas y montes. Allí pensamos subir, a contemplar Ribadesella/Ribeseya y el mar, subiendo desde el puerto y Santa Ana...








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