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viernes, 22 de agosto de 2014

LA FLORIDA Y PANICERES (OVIEDO/UVIÉU, ASTURIAS): "CIEN AZOTES PARA LOS LEPROSOS"


Dejando el casco urbano de Oviedo/Uviéu en ruta a Paniceres por las faldas del Monte Naranco
El peregrino que, bien dejado atrás el centro histórico de la ciudad de Oviedo/Uviéu, comienzo del Camino Primitivo, pero aún en el casco urbano de la capital astur, acaba de pasar la pasarela sobre las vías del tren en Llavapiés, luego de bajar por la calle Argañosa desde La Losa, la Estación del Norte y El Ensanche


Luego, atraviesa las calles de las nuevas uranizaciones de La Florida hasta llegar al Parque Camino de Santiago, donde ya divisamos la zona rural bajo las alturas del Monte Naranco, por donde pronto caminaremos.


Monte Naranco, al norte

La Florida es un topónimo que se repite mucho en Asturias, su origen es evidente pues esto fueron hasta no hace mucho fértiles pastizales.


Ahora, en los últimos años se edificó casi toda una ciudad entera al pie del Naranco, dando vista a su cota cimera en El Picu'l Paisano, de 632 metros de altitud, atalaya sobre la ciudad y todo el centro de Asturias.

 
Flechas en farolas y mojones en las aceras, así como una imagen del Apóstol Santiago nos indican como ir saliendo de este entramado urbano por la zona de El Pontón de Riello y sus inmediaciones.


Al noroeste La Peña Llampaya, estribaciones occidentales del Monte Naranco, a cuyos piés caminaremos próximamente, mientras, por sendas y atajos, dejamos el parque.


Un atajo, no señalizado oficialmente, nos ahorra un grandísimo rodeo.


Aquí antiguamente se levantaba la famosa Quinta Méndez, mandada hacer por los Sánchez-Vigo con lo que fueron antaño los bienes de una malatería, albergue-hospital de leprosos que tuvo solar en Paniceres desde tiempo inmemorial, ya que aunque los primeros testimonios escritos que conservamos son del año 1.331, debía existir desde mucho antes. En esa fecha estaba la leprosería amparada por Rodrigo Álvarez de las Asturias, uno de los personajes más determinantes de la época bajomedieval ya que, tanto para la alta nobleza como reyes y estamentos eclesiásticos, la protección de las malaterías se tenía por uno de los actos supremos de caridad cristiana ante una de las enfermedades más temidas de la antiguedad, la lepra y todo lo con ella relacionada, la pelagra, el mal de la rosa, el mal de San Lázaro, patrón de los malatos, junto con La Magdalena, bajo cuya advocación eran fundadas.Solían muchos malatos hacer una vida más o menos integrada en la sociedad, iban a ferias y mercados o comían a la mesa de algunos vecinos que los acogían en momentos de penurias, cuando el hospital no se podía hacer cargo de ellos, dándose casos incluso de casamientos con personas sanas. Bien es verdad, recalcamos, que munchos males de la piel que se consideraban lepra no lo eran, por lo que el miedo al contagio, aunque existía, no debió ser demasiado grave salvo en ciertos momentos de verdadera endemia que originaron miedos y crueles rechazos.


Por desgracia, la tolerancia para con los leprosos de Paniceres se acabó el día 13 de abril de 1.543, cuando el Ayuntamiento aprobó que todos los malatos habían de dejar de circular libremente por la ciudad, guardándose en la malatería en un plazo de tres días, bajo el severo castigo de cien azotes en caso de incumplimiento.


Aquí llegados, en lugar ya coincidente con el Camino señalizado, el cual sube desde allá abajo por esta carretera, podemos en vez de seguir por ella tomar la senda peatonal recientemente abierta en estos campos y paralela a ella. Ahora seguimos recordando la historia de estos parajes.


Otro dato importante es que el antiguo Hospital de Peregrinos de Paniceres estaba relacionado estrechamente con el que se fundó en otra de las entradas de la ciudad, el de Entrecaminos o Cervielles. Y es que la relación de las malaterías con los caminos de peregrinación es más que reveladora, no dejando de haber estudiosos que sospechan que algunos hospitales de peregrinos (recuérdese que el término hospital en este contexto tiene más que ver con "posada para peregrinos y pobres" que con el actual significado de "sanatorio") se hubiesen por así decirlo especializado en estos afectados, ya que en muchos de ellos, más o además que peregrinos, circulaba toda una serie de vagabundos, desocupados, enfermos, desamparados, pobres y pícaros, que no hemos de olvidarlo, puede decirse que eran los que más viajaban entre las clases populares, buscando manutención, más como modo de supervivencia que como auténtico acto de peregrinación. Pero no por ello hemos de despreciarlo o tenerlo a menos, también ellos, o sobremanera ellos, son un elemento fundamental de la historia del Camino de Santiago.


Entre mediados y finales del siglo XVIII, al disminuir notablemente la enfermedad, los bienes de las malaterías pasaron al Real Hospicio de la capital asturiana (actual Hotel de La Reconquista), y allí fue a donde se llevaron a los malatos que aún habría, a cuidarlos en algo mejores condiciones. Con el tiempo esos terrenos fueron primero arrendados y por fin subastados a particulares en 1805, incluyendo "los materiales que están existentes de la Iglesia de San Lázaro de Paniceres y su sitio", esta es la razón por la que aquí no se conserven, a diferencia de otros lugares, ni las moradas de los leprosos ni su santuario, si bien se hablaba de alguna imagen de la capilla particular de la Quinta Méndez que pudo ser antaño de la malatería. No obstante, la advocación de San Lázaro de Paniceres sigue presente y rememora su histórica relación con esta fundación curativa y caritativa.


Un poco de subida y ya estaremos en un entorno netamente rural en Paniceres.


Abajo han quedado los altos edificios de La Florida.


Senda caminera y allá al suroeste, vemos los edificios de Les Campes.


Aquí ya podríamos salir a la carretera local


Casas de labranza sobre el Camino.


Al sur contemplamos al sur, absortos, la impresionante mole de piedra caliza gris del Aramo con sus altos picachos, Gamonal, Gamoniteiru, y los altos de L'Angliru, mítica meta ciclista que se ha hecho famosa a nivel internacional.


Un poco más bajo, es el Monsacro o La Madalena, una montaña que parece sacada de un tratado de alquimia por su forma emergente entre los valles de La Ribera, Morcín y Riosa, al sur de la capital asturiana. No es estraño que fuese un monte sacro, sagrado, desde la más remota noche de los tiempos: tiene un aspecto piramidal y en su cima, quizás con unos prismáticos, podamos reconocer sus dos capillas, dedicadas a Santiago y a María Magdalena, antecesoras de la catedral de San Salvador en la custodia de las Reliquias.


Llegamos a las casas de Paniceres por la Avenida de Alfonso Molina.


Una placa recuerda a este ilustre vecino del lugar.


A mano derecha hay un bar, La Trapa, centro de reuniones, tertulias e iniciativas vecinales. El nombre de Alfonso Molina para la calle por la que andamos nació aquí, a raíz de un vecino, Alfonso, que amenizaba las veladas de la Peña La Trapa con sus canciones y al que se le añadió Molina como mote seguido al nombre en referencia al cantautor Antonio Molina. Sus amigos instalaron la placa y luego al denominación pasó a ser oficial en el callejero. La idea ha sido repetida con otro residente den Paniceres: José fernándesz El Cuco.
 

El Camino viene entre las casas de Paniceres.


Allí arriba La Peña Llampaya sigue sirviéndonos de referencia para ver cuanto vamos avanzando en estor primeros metros de caminata por los pueblos ovetenses, desde los que vemos la ciudad, en una simbiósis de lo urbano y lo rural


Vemos los edificos de Buenavista


Y la cúpula de la famosa Ñocla (buey de mar) o malogrado Palacio de Congresos, obra de Santiago Calatrava. Gran polémica ciudadana y pleito judicial



Ya fuera del casco urbano vemos los edificios del barrio Les Campes.


Xatu o ternero.


Excelentes rebaños de vaques roxes


Nobleza animal.


Absortos ya en la Arcadia Feliz.


Ruralidad ante la urbe.
 

Dejamos ahora a la derecha el cruce a Pachuca y La Braña y bajamos un poco hacia aquella casa del fondo, junto a sus campos y huertas...


Belleza natural.


Placidez y reposo en la paz del Camino...


La casa y su parcela.


El guardián de la hacienda... El Gallu la Quintana.


En la rosaleda...


Maizales, frutales, huertas...


Y peregrinos mañaneros...


Maizales y bosques.


Maizales y fabes.


Dspués de bajar... subir, un poco solamente.


El maíz tras su recogida en otoño...


Bucólica estampa.


La Peña Llampaya, La Rasa, La Caleyina... arriba en lo alto.


Abajo, las mismas huertas en primavera.


Vamos en dirección a Villamar, pero nos desviaremos poco después...


El Camino, vista atrás por donde acabamos de pasar.


Siempre bajo La Peña Llampaya y su rocoso peñascal que destaca sobre campos y bosques.


De frente el Camino, a nuestro lado, el Naranco, monte totémico por excelencia. Tierra de xanas y encantadas, de leyendas, de castros astures, villas romanas y palacios de reyes asturianos, también de búnkeres y trincheras de la guerra civil, crueles asedios de una feroz contienda.


Tal y como dijimos, antes de llegar a Villamar nos desviamos a la derecha, por una hermosa senda caminera que sube entre fincas y setos silvestres...


Hagamos caso a las señales.


Hermosura de campos camineros.


Al sur, las montañas del Aramo, Gamonal, Gamoniteiru, La Mostayal...


Luz de la tarde...


La cuesta es muy suave y nos permite admirar un hermoso paisaje hacia Villamar y San Claudio o San Cloyo.


Ptados y bosques.


Al oeste los valles del Trubia.


 Atrás quedó Pando, un cueto boscoso sobre estos valles del río Nora, que va aunirse al Nalón un poco más adelante.


Algunas casas de aldea con portillas o portielles de madera, suaves colinas hacia el sur, desparramadas por el valle, casas nuevas y chalets que configuran los nuevos usos residenciales, así como una hermosa senda, a veces de tierra, a veces con algo de hormigón, con muchos robles o carbayos, y castaños o castañales en la vereda, componen el marco y la estampa en la que nos movemos.


Setos silvestres.


Vistas de Villamar, abajo.


 Mucha gente pasea por aquí haciendo sus pequeños circuitos diarios para mentenerse en forma, yendo y viniendo de la ciudad. También vecinos de estas aldeas y "caballeros andantes" con su montura, haciendo rutas a caballo.


Buen Camino.


Sol en los castaños.


Cada vez más cerca de La Peña Llampaya,


Delicia de valles, colinas y montañas...


El Caleyu. Zona residencial.


El Caleyu.


Seguimos las conchas xacobeas.


Del valle del Nora al de Nalón y al del Trubia, del Naranco al Aramo y al Monsacro... todo eso abarcamos con la vista.


Éxtasis de belleza del paisaje rural asturiano.




Vacas paciendo bajo La Peña Llampaya...


Humo de fogatas en el Camino, de las quemas de rastrojos. Nos cruzamos con gente que viene a caballo.


Caballos en el Camino.



Al occidente descubrimos como el Camino sigue por estas faldas del Naranco para llegar a la aldea de Llampaxuga, distinguiendo más allá L'Escampleru, histórico cruce caminero por el que pasaremos.



Más allá es la sierra de El Picu Pedrouzu y La Degollada, donde estuvo largos meses detenido el frente en la guerra civil, el llamado "pasillo de Grao" que comunicó la capital asediada con las columnas del bando nacional.


Atrás, la ciudad.


 Adelante, el Camino a Llampaxuga.


Llampaxuga, un buen lugar para hacer una primer parada en estos primerísimos kilómetros del Camino Primitivo.